‘Sonic Temple’, el disco con más éxito de la banda «The Cult»

Categorías: Sin categoría |

Después del tremendo suceso que ocasionó su aparición en los listados internacionales, Sonic Temple sigue siendo el disco más exitoso de la agrupación británica The Cult a lo largo de toda su carrera musical. El productor Bob Rock fue el encargado de llevar a la banda a la cúspide durante un periodo en el que el impacto del hard rock ochentero se aproximaba a su fin.

The Cult ha sido una de las bandas más particulares del rock británico. Son recordados por una constante sucesión de cambios melódicos algo bruscos, y por esa especial fijación que su vocalista líder ha dedicado a la temática indígena norteamericana, fascinación que desde un comienzo supo plasmar en sus letras. Desde el éxito que ocasionó su canción “She Sells Sanctuary”, incluida en su álbum Love a mediados de los años ochenta, la reconocida agrupación liderada por Ian Astbury ha conocido todo tipo de éxitos y decepciones. Aunque la característica voz de Astbury y el desenfreno guitarrístico de Billy Duffy han sido siempre sus principales elementos distintivos, su música no ha tenido un sonido concreto, ya que en más de una ocasión trataron de amoldarse a los estilos imperantes. Durante sus inicios fueron una banda más en la sórdida escena new wave británica, pero luego serían testigos y representantes del tornadizo entorno roquero de mediados de los 80 y principios de los 90. Su estilo evocaría la mística poética de The Doors, la magnificencia instrumental de Led Zeppelín y una urgente agresividad a lo AC/DC.

Después de trabajar en asocio con el famoso productor Bob Rock, responsable de algunos de los mayores éxitos comerciales de Metallica y Motley Crüe, la banda publicó en 1989 un gran disco que capturó a la perfección la búsqueda de una imagen y un sonido que ejemplificara esa febril fantasía del hard rock de aquellos días. Sonic Temple era un disco mucho más variado que el inmediatamente anterior, Electric, y que obtuvo mayor éxito comercial, al ubicarse alguna vez en la posición no.10 del Top 200 de Billboard, haciendo de canciones como “Sun King” y “Fire Woman”, algunas de las piezas elementales de su repertorio clásico, temas idóneos para hacer temblar estadios completos.

La imagen de The Cult era ya la más impactante: desde la majestuosa carátula se respira buena parte del estilo Sonic Temple: idolatría total a la rudeza, desafío guitarrístico, estética hard rock y una clara simbología violenta. Era la quintaesencia del rock. Pero la relación entre la música y la imagen tampoco resultaba dispar; canciones de constante rotación, singles grandiosos y pegadizos, suciedad, rebeldía, grandilocuencia y un sonido totalmente desprovisto de mansedumbre. Era el momento y el lugar ideal para un álbum de semejantes características. The Cult dejaron de ser una banda más para luego convertirse en la atracción juvenil más valorada de esos días.

Para entonces, la banda había conocido algunos cambios en su alineación. Su baterista Matt Sorum se había marchado de la banda (luego se uniría a unos jóvenes gamberros conocidos como Guns and Roses). Mickey Currey sería su reemplazo durante la grabación que tuvo lugar entre septiembre y noviembre de 1988 en los Little Mountain Sound Studios de Vancouver, uno de los estudios más costosos de aquellos días en Canadá. También contaron con la ayuda del abuelo del punk, Iggy Pop, quien hizo arreglos vocales en la explosiva “New York City”, una de las mejores canciones del disco, y con los arreglos de cuerdas de Eric Singer en la canción “Edie (Ciao Baby)”, otro de los sencillos más escuchados del álbum en su momento. El disco era ya una realidad en enero de 1989, pero sería abril el mes elegido para su estruendoso lanzamiento.

La banda de Astbury y compañía se hizo aún más famosa gracias a la constante rotación radial del tema “Fire Woman”, e incluso tuvieron la oportunidad de aumentar su popularidad en Norteamérica mientras actuaban como teloneros de Metallica durante el “Damaged Justice Tour”, gira que por entonces adelantaban los afamados líderes del trash metal estadounidense. El disco está repleto de buenas canciones, como la muy pasional, conmovedora y todavía fulminante “Sweet Soul Sister”, “Soldier Blue” o el blues envenenado de “Medicine Train”.

Aquel fue un periodo de éxito, pero también de absoluto descontrol y decepciones. Los integrantes del “culto” vivieron su periodo de mayor esplendor comercial en medio de turbulentos asuntos personales. El mismo Astbury posteriormente aseguró haber perdido por completo el horizonte que lo impulsó a trabajar con el grupo en un comienzo. En septiembre de ese mismo año viajaron a los Estados Unidos para cumplir con una actuación especial para MTV, pero Astbury no dejaba de pensar en la delicada situación de su padre, quien por entonces era víctima del cáncer, y que finalmente moriría en diciembre. La amistad entre el cantante y Billy Duffy se estaba deteriorando; el bajista Jamie Stewart, hasta entonces uno de los elementos inamovibles del grupo, anunció su partida, harto de aquella atmósfera hostil e incómoda; detrás de los escenarios abusaban del alcohol y otras sustancias; derrochaban su dinero y destrozaban las habitaciones de los hoteles, confirmando así el mito de muchas de las estrellas malditas del rock. No fue su fin, pero tampoco se supo después de un disco tan exitoso.

Durante los años noventa, y en medio de un fallido intento por acoplarse a la introspectiva y desafiante actitud del movimiento alternativo con su álbum The Cult, como también la poca acogida de un nuevo proyecto conocido como Holy Barbarians, Astbury y Duffy han permanecido activos a través de diversos proyectos; de hecho reagruparon a The Cult a principios del nuevo milenio, y lanzaron un nuevo álbum, Beyond Good And Evil, en 2001. Posteriormente, Astbury se unió a la formación de los legendarios The Doors en 2003 para iniciar una gira de internacional de conciertos, reemplazando al desaparecido Rey Lagarto Jim Morrison. Después regresó con The Cult para continuar llenando auditorios y haciendo buenas canciones, aunque los británicos todavía no han podido lanzar un disco que recupere la combatividad de aquel templo sónico.

Textos: Ivan Darío Torres