Una vieja casona en el centro de Bogotá sirvió durante tres semanas como única locación de Siempreviva, ópera prima del director Klych López, protagonizada por Enrique Carriazo, Laura GarcíaAndrés Parra, Laura Ramos, Andrea Gómez, Alejandro Aguilar, Fernando Arévalo y producida por Clara María Ochoa y Ana Piñeres de CMO Producciones.

El próximo 6 de noviembre se conmemorán 30 años de la toma del Palacio de Justicia en Bogotá, uno de los sucesos más violentos de la historia moderna del país.

Fueron  27 horas de combate entre guerrilleros del M19, la Policía Nacional y el Ejército Colombiano, que dejaron un saldo de 98 muertos y 11 personas  que jamás regresaron a sus hogares, por lo cual fueron consideradas como desaparecidas.

Una historia se puede contar desde millones de ángulos. Algunos buscan victimizar o vulgarizar;  otros son fieles, veraces  a los hechos, casi de archivo; y otros  pocos son íntimos, leales, descarnados.

Los actores Andrés Parra y la cubana Laura Ramos, en la trama interpretan a Sergio y Victoria una pareja que vive en una pensión en la que comparten con otros inquilinos a los que los une el dolor por la desaparición de Julieta, una joven abogada recién graduada que aunque sale con vida durante la Toma del Palacio de Justicia nunca llega al hogar.

11988702_680189468784236_4418454102088502226_n

Siempreviva va a quedar siempre viva en la memoria”: Andrés Parra

Lo dice de entrada, sin dudarlo, como si tuviera que decirlo antes de explotar: “Fue la película más difícil en la que he estado porque no había manera de salvarse. Fue un proceso terrible”. Así de categórico es Andrés Parra acerca del rodaje de Siempreviva. Pero no lo dice por disgusto, sino con una mezcla de admiración y de espanto, la misma que experimenta un alpinista recorrido cuando tiene de frente una montaña que parece superarlo y sin embargo logra coronar su cima.

“Yo creo que a todos nos pasó lo mismo: en el tema de los planos secuencia sufrimos mucho porque era muy difícil que todas las partes se sintieran satisfechas con el resultado. A unas no les gustaba su ángulo, otra pensaba que podía haberlo hecho mejor. Aunque fue un rodaje muy agradable en términos de grupo y del trato que hubo, en la parte actoral fue muy difícil. Si uno entraba en la cola de una escena al final tenía que tener una profunda sincronización y nada podía fallar. Todo era complicado”.

Esa estructura puso a sufrir a todos, reconoce Parra. “Había escenas en las que todos sentíamos que por fin lo habíamos hecho bien y aparecía un cable que no debía verse. En serio: como experimento actoral fue muy difícil. No entiendo cómo coño lo logramos. Pero lo hicimos gracias a las conversaciones entre actores, a las pausas y a los aportes del director. Yo, por mi lado, aprendí mucho de Laura García, de Enrique Carriazo, de la cubana Laura Ramos, de Fernando Arévalo, de todos. No solo aprendí, sino que al final lo disfruté”.

Pero ¿qué fue lo más difícil para Parra? “La construcción de mi personaje como Sergio. En el camino fui armándolo, con mucha ayuda de Enrique Carriazo y del director. Enrique fue quien vio la luz en cuanto a la relación de los dos personajes antagónicos (Sergio y Carlos) y fue gracias a ello que Sergio empezó a crecer, en parte por la enemistad y la competencia entre los dos. Enrique propuso cosas que hicieron que el personaje se reforzara y hubo una química que enriqueció a uno y otro. Hoy puedo decir que es un personaje al que quiero mucho y que responde a lo que he venido pidiendo: a alguien que se distancia de los malos y los buenos, y que es trágico porque refleja al ser humano en decadencia”.

Así, trabajando de la mano con el director, con Carriazo, sus colegas y con su propio personaje, Andrés Parra logró sacar a flote la historia de Sergio, un payaso triste que vive en el límite de la supervivencia y que debe empeñar lo poco que tiene para poder sobrevivir. Lleno de dolor y de celos, el personaje, aunque no asume el papel protagónico de la historia, termina robándose la atención del espectador.

“Es un personaje muy triste, trágico, y es esa miseria humana la que me gusta indagar y mostrar. Sergio no es un personaje que no se muestra en Navidad, no es de los que uno quiera sacar sino que prefiere esconder. La idea fue que tanto Sergio como su eterno rival, Carlos, encontraran un submundo rico en todo sentido. Rico de riqueza actoral”, enfatiza.

Cuando aún era niño, el actor caleño recuerda haber vivido la tragedia del Palacio de Justicia sentado en la cama de sus papás, en casa, mientras el televisor emitía las imágenes del recinto en llamas y la desesperación se reflejaba en la cara de sus padres. “No sé si junto los recuerdos o así fue en realidad, pero recuerdo que viví entonces una semana en la que pasaron tres cosas impresionantes: lo del Palacio de Justicia y la voz de mi mamá hablando con teléfono con alguien y diciéndole que era el acabose porque ya era ‘acá mismo’, en el centro de la ciudad, ‘esto se nos vino encima’, ‘está acá al lado’, y de inmediato la tragedia de Armero y la muerte de Paquirri. Fue una semana trágica”.

Pero por la misma fragilidad con la que conserva ese recuerdo en su memoria valió la pena hacer el esfuerzo de recuperar el pasado para traerlo a flote a partir de esta historia íntima contado desde la vitalidad de siete actores, reitera Parra.

“Este tipo de películas, en esta impunidad en la que vivimos y en este olvido en el que estamos –y en esta amnesia universal en la que parecemos flotar– sirve para quedarse en el tiempo y convertirse en una especie de píldora de la memoria. Estas películas tienen que servir para reflexionar y para darles un suspiro a los que esperan que se les responda por un hecho injusto. Sea el que sea, más allá de los desaparecidos y asesinados en el Palacio de Justicia”.

Siempreviva es un gran espejo de lo que somos. Es como haber metido a Colombia en una casa y como si allí pudiéramos ver lo que tenemos que revisar como sociedad. Esas películas sirven para eso. Así como las comedias folclóricas muestran lo bonito, estas logran que pensemos qué estamos haciendo mal y cómo, 30 años después de la tragedia, permanecemos sin avanzar, en el mismo sitio. Siempreviva se va a quedar ahí, en la mente de todos, siempre viva en la memoria”.

La tiene clara, entonces: “Siempreviva va a ser parte de la historia cinematográfica del país”. Y estar ahí ha sido un privilegio para él. Porque a pesar de lo difícil que fue su rodaje, le aportó más a su oficio de lo que esperaba. “Soy actor porque no podría ser otra cosa. Si no fuera actor, sería actriz. No veo otra opción”.

11988195_680188745450975_3950158878418139412_n

“La película me ayudó a entender este país, que para mí era un rompecabezas”: Laura Ramos

Laura Ramos tiene esa vitalidad de los cubanos que proviene, a la vez, de la alegría natural de los habitantes de la isla y de su intensa formación académica.

En el caso de esta joven nacida bajo el signo de cáncer en La Habana, fue el ambiente artístico de su familia, la pasión de su abuelo por el teatro o la música clásica, y de sus padres por la realización de documentales, lo que le dio su capacidad para amar el mundo de la actuación y afrontar retos actorales complejos. Como en Siempreviva, a través de su personaje de Victoria, una bellísima mujer en torno a la cual se tejen las tensiones de los hombres de la casa donde se desarrolla la historia.

“Me llamaron a la audición y sin saber muy bien de qué se trataba, le llevé a Klych mi propuesta de Victoria, un personaje que amé desde el primer momento. Al inicio, repetimos las escenas un par de veces y listo, me fui. Al poco tiempo me llamaron Clara María Ochoa y Ana Piñeres para una reunión en la cual me contaron sobre el proyecto. Recuerdo que, escuchándolas hablar, se me llenaron los ojos de lágrimas, no solo por haber conseguido el papel, sino por la historia que me estaban contando, tan fuerte, tan importante para este país”.

Justo cuando ocurrió la tragedia del Palacio de Justicia, Laura era una niña que jugaba al escondite en su barrio en La Habana.

Lo dice con sentimiento desde España, donde continúa con una racha impresionante de participación en películas. Rueda en estos momentos la tetralogía Cuatro estaciones(Vientos de cuaresma, Pasado perfecto, Máscaras y Paisaje de otoño), basada en la obra del escritor cubano Leonardo Padura), en compañía de actores como Jorge Perugorría y Juana Acosta, tras haber filmado en tan solo dos años, además de varias series como Olmos –donde interpreta a una asesina infiltrada de la Interpol–, la película española La ignorancia de la sangre, la brasileña Sangre azul y Siempreviva, por supuesto.

“Cuando me vinculé supe de la obra teatral, de cuántas veces se había hecho en este país, de lo que contaba, del tremendo proyecto en el que nos íbamos a embarcar, me sentí en un compromiso enorme y salí de la reunión sin poder creerlo. ¡Feliz! Esta película me ayudó a entender un poco más este país, que para mí siempre ha sido un rompecabezas. Aprendí muchísimo, tanto de todos los grandes actores con los que tuve la suerte de trabajar como de Klych, que es muy grande como director, así como de todo el equipo.

Todos ellos fueron enormes profesionales y mejores seres humanos. Afortunada no, ¡la siguiente! cómo dicen aquí  Jajajaja”, ríe Laura, con su desparpajo feliz.

Esta actriz formada en la Escuela Nacional de Arte de La Habana y el Instituto Superior de Arte tiene la conciencia de haber aportado algo importante a la filmografía de Colombia.

“Fue una experiencia extraordinaria, uno de esos trabajos en los que te sientes afortunada desde que empiezas hasta que terminas. Un proyecto peculiar en el que hubo muchos talentos reunidos y una tremenda presión como constante. Toda la preparación de la mano de Klych, que es un excelente director de actores, el trabajo colectivo, los análisis de escenas y ensayos posteriores, el trabajo de un fotógrafo increíble, las mejores productoras y un equipo de primera, hizo que cada una de las partes fuera encajando de forma magistral hasta conformar Siempreviva. Una película de la que siempre voy a estar orgullosa”, recalca.

Pero hay más que orgullo en su forma de asumir el personaje. De hecho, para Laura, ser actriz es más una necesidad que un oficio y la “mejor forma que encontré para expresarme como ser humano”. Con esa claridad, entiende que el personaje que asumió le dio mucho, porque Victoria, una mujer soñadora pero oprimida por su esposo Sergio (Andrés Parra) e incapaz de sublevarse a sus celos, “es un personaje alejado de mí como mujer y a la vez, rico de interpretar. Y la forma en que filmamos la película, llena de enormes planos secuencias que nos permitían vivir la experiencia completa, fue un lujo de verdad”.

Con su sonrisa feliz y tras una vida de rodajes y de presentaciones en las tablas, recuerda momentos como cuando en una escena con Andrés Parra se rompió la cama en plena secuencia. “En otra nos dio un ataque de risa colectivo por una frase muy seria que improvisó Arévalo, y casi me ahogo intentando aguantar, tuvimos que parar hasta recomponernos un poco”. Ríe de nuevo, porque ella es la risa, el alma vital de la cinta, junto con el personaje de Julieta (Andrea Gómez). Ríe y se da entera a la actuación porque no puede ser de otra manera. Porque es feliz al actuar. Y es feliz de por sí.

Opiniones / Comentarios

Otros links relacionados