Charles Perrault, el creador de las fábulas del mundo moderno

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Relatos como La cenicienta, Caperucita roja o La bella durmiente, son parte arraigada de nuestra cultura occidental, de hecho muchos de los nuevos sociólogos y filósofos de la educación, consideran que estos cuentos de final feliz, hacen parte sólida de las bases de nuestra educación. Una educación llena de ideales y mitos sobre lo que es la felicidad y el éxito, ese es el gran legado de Charles Perrault.

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El mundo hoy se volvió a acordar del escritor que vino al mundo el 12 de enero de 1628, siendo sobreviviente del parto de gemelos, fue hijo de matrimonio acomodado y burgués, se crió entre algodones y lenguas muertas. Murió a los 75 años y aunque casi no pasa a la historia porque faltando solo 6 años para su fallecimiento, bastante tarde para hacerse un nombre, decidió publicar el libro que pondría a los niños del mundo a soñar en que la felicidad y el buen destino estaban a un chasquido, a la vuelta de cualquier hoja y que todos los hombres y mujeres se entederían, comiendo perdices!

Seis años antes de morir, Charles Perrault publicó un breve volumen de cuentos que se tituló Historias o cuentos de antaño, más conocidos como Cuentos de mamá ganso por el dibujo que ilustraba su cubierta- que sentarían los cimientos de la literatura infantil actual. Puso sobre el papel, con la firma de su hijo, ocho relatos orales, historias crueles y bizarras de héroes zarandeados por mil contrariedades que, finalmente, alcanzan la felicidad. Y los hizo leer en voz alta en Versalles.

Las historias de Charles Perrault fueron discutidas en asambleas literarias, sembró en los más pequeños el deseo de alcanzar la dicha, de superar los contratiempos, de temer al mal. Hasta que llegara Disney, y le diera un vuelco a sus narraciones más crudas, convirtiéndolas en historias aptas para todos los públicos, barnizándolas con una capa doble de azúcar. Charles Perrault imaginó el zapato de cristal de la Cenicienta, la rueca de la Bella Durmiente, el lobo de Caperucita. Pero sus historias no son como el lector siempre ha creído que son.

Inauguró, eso sí, la literatura escrita para niños. Y le dio un enfoque ético. Charles Perrault discurrió moralejas en verso que apuntó al final de cada cuento, algunas dirigidas a los ojos infantiles y otras, cargadas de ironía, a los del adulto, y, a través de sus relatos, el lector puede hacerse una idea bastante fiel de cómo funcionaba la sociedad en el Antiguo Régimen: la desigualdad entre poderosos y humildes, la servidumbre y la pompa de los banquetes de la corte (La Cenicienta), el derecho a la primogenitura o la miseria del campo (Pulgarcito). De la misma manera, a través de las versiones de los Hermanos Grimm, podemos imaginarnos el mundo del siglo XIX. Los relatos infantiles pasaron dos siglos después de Charles Perrault a hablar de mujeres sumisas, a la espera de hombres listos y fuertes que les salvan la vida. Caperucita Roja es el mejor ejemplo de cómo cambiaron las cosas durante esos 200 años.

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La historia de Aurora, protagonista de La Bella Durmiente, continúa en el cuento de Charles Perrault más allá de su boda con el príncipe que la despierta, con un beso, de su larguísima siesta. Tiene dos hijos y el apuesto galán acaba abandonándola. ¿La razón? Tiene miedo a su propia madre. Cuando al fin se atreve a presentarles a su esposa y sus dos jóvenes vástagos, la reina madre no se lo toma nada bien y, en esta ideal situación, al chico no se le ocurra otra cosa que largarse de palacio y dejar a su mujer sola con su suegra. Durante su ausencia, su madre -que, al parecer, tenía tendencias caníbales- ordena cocinar a los dos pequeños para zampárselos, pero el héroe llega a tiempo de salvarlos y la malvada antagonista del relato acaba suicidándose en la olla preparada para guisar a los chiquillos.

Cenicienta, es otra de esas historias modificadas para ser llevadas al cine. Al señor Walt Disney la historia original de los hermanos alemanes debió parecerle algo sádica y prefirió, por tanto, omitir la parte en la que la madrastra ordena a sus dos hijas, que se corten dos dedos de los pies y el talón para poder calzarse el dichoso y frágil zapato al que el príncipe le busca dueña. También se saltó el párrafo final, en el que se explica cómo las malvadas hermanastras «son picadas en los ojos por palomas, que las dejan ciegas en castigo por su maldad».

En fin, lo audiovisual optó por un mundo encantado y mágico que produce dinero, antes que el universo real y dramático plasmado por los autores originales. Aun no entiendo porqué hay gente que pelea por las versiones de las historias de otros hombres y no entienden que hacerlo muchas veces no es contar la historia del personaje, sino como adaptarla para que sea rentable. En Colombia los casos abundan de historias noveladas y lejos de la realidad de los personajes como Diomedes Díaz, Joe Arroyo o Las Hermanitas Calle.

De algo tienen que vivir los productores de televisión, o no?