Agotada la primera edición de Tanta Sangre Vista de Rafael Baena

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Ópera prima del periodista y escritor colombiano Rafael Baena, considerada por el diario El País de España como una de las mejores novelas publicadas en Colombia en el 2007.

La novela está integrada por dos voces que recrean el siglo XIX como una época nefasta de guerras civiles. Sobre esta novela, el también escritor y columnista Juan David Correa Ulloa comentó: “(Es) la historia de una familia que, en una saga decimonónica, está condenada a repetir una violencia ancestral. Ejércitos privados, una capital de espaldas al país y una manera de ver la existencia con dramatismo, refuerzan el carácter de sus personajes. Baena ha querido traernos de vuelta un siglo para muchos lejano y olvidado y lo ha conseguido: el siglo en el que quisimos ser nación sin aún haberlo logrado.”

Así mismo, la novela de Baena está impregnada de frases que retratan nuestro pasado violento y constituyen una reflexión sobre nuestra actualidad: “En eso es en lo que hemos vivido siempre, en una masacre permanente que se lleva a los maridos y a los hijos y los devuelve, cuando los devuelve, convertidos en seres de mirada ausente que añoran el olor a pólvora y a sangre en lugar de disfrutar de las cosas sencillas como el olor a jabón de tierra en las caras de sus mujeres.”

A propósito de la reimpresión de Tanta sangre vista, remitimos el cuestionario que el autor respondió en julio del año pasado en vísperas del lanzamiento de la novela:

En Tanta sangre vista, usted escribe: “Y aún más lejos de tierras y ganados propios estaban los hombres de nuestro regimiento, condenados a pelear lejos de su tierra una guerra interminable y costosa, con los pies yertos dentro de las botas y unas ganas de echarse monte abajo, hacia los llanos donde esperaban algún día acostumbrarse a vivir en paz y criar hijos a los que el destino no les torciera el rumbo, hijos libres de escoger su camino, hijos que no debieran obedecer órdenes militares ni despertarse con el redoble del tambor y los gritos urgentes de los sargentos.”

Como escritor, periodista y ser humano, ¿qué siente al ver que los hijos siguen despertándose con el redoble de un tambor, obligados a obedecer órdenes militares?

Desesperanza, tristeza y mucha, mucha rabia.

“Gutiérrez, el más alborotador de todos, uno de esos tipos a quienes bastaba echarles una ojeada para hacer que uno se preguntara qué demonios iban a hacer con sus vidas cuando se firmara la paz y a todos nos tocara ir a echarles maíz a las gallinas y a criar potros cerreros.”

Esta cita tiene una impresionante cercanía con la realidad actual. ¿Ha encontrado respuesta a la pregunta que se plantea en su obra teniendo en la cuenta las políticas actuales del Gobierno Nacional? ¿Qué podrán hacer los hombres que participan en el conflicto una vez se firme la paz, dado el caso que algún día se firme?

Quizás la respuesta a la primera pregunta no la tengan ni siquiera Nelson Mandela, Rigoberta Menchú o Desmond Tutú. Es una de las tragedias del género humano. Y en el ámbito nacional, una vez se firme la paz, cosa que tarde o temprano ocurrirá, vendrá un muy largo período durante el cual esos hombres deberán restañar sus heridas e intentar perdonarse a sí mismos y a los demás, ya que es muy probable que no puedan olvidar.

“No quiero que le llenen la cabeza de cuentos de beatas, ni que le metan el miedo en el alma (…) No importa, de sotanas, cero.” ¿Comparte la visión del abuelo Enrique con respecto a la Iglesia? ¿De qué manera?

En un ciento por ciento. Hay que tenerle miedo al miedo, venga de donde viniere.

En su novela, usted escribe: “El abuelo no cesa en su monólogo, impulsado por el secreto temor de no alcanzar a educar debidamente al nieto antes de que le llegue el turno de irse para el barrio de los acostados, como llaman al cementerio los lugareños de esta tierra.” Según su parecer, ¿morir es llegar o terminar?

“De nuevo la guerra, el monotema, su monotema”, dicen sobre el abuelo Enrique. ¿Es ése su monotema también? ¿Por qué?

Espero que no, aunque debo reconocer que de alguna manera lo es. Gajes del oficio. Esto de haber ejercido el periodismo durante veintitantos años en un país donde la guerra se entronizó hasta un punto en que la muerte está banalizada… raya el coco.

Dice el nicaragüense Sergio Ramírez que, al despuntar el siglo XXI, surgen nuevas realidades que podrían constituirse como temas de la literatura, como las siguientes: el narcotráfico como factor de poder, el derrumbe de la clase media ante lo monetario, el deterioro ambiental y una pobreza extrema constituida por “pobres más pobres que los más pobres, para quienes las favelas vendrían siendo un lujo”. La pregunta es: ¿el mundo tiene remedio?

Por supuesto. La incógnita está en el ‘cuándo’: cuando algo que podría denominarse el sentido común humanitario termine imponiéndose sobre las leyes del mercado, la que hoy es apenas una esperanza para el género humano se convertirá en realidad. La prueba está en el cambio climático, que ahora sí empieza a ser considerado un problema planetario incluso por los países industrializados que se negaban a admitirlo. Eso ya es un principio. Y lo mismo pasará con las hambrunas y con las epidemias y con los fundamentalismos y con la sobrepesca en los mares. Cuando el primer mundo tome conciencia de los males que le suben pierna arriba, el asunto tenderá a mejorar. Carl Sagan decía refiriéndose al género humano que somos “lo más brillante en torno”. Me identifico con eso.

¿Cuál es el papel de un escritor en el siglo XXI?

En el entendido de que hablamos de ficción, el papel del escritor es el de siempre: Contar historias legibles, potables.

En su libro “Cuestión de énfasis”, la fallecida escritora Susan Sontag dice: “Sería hablar demasiado bien de los intelectuales esperar que la mayoría tenga el gusto de protestar contra la injusticia, defender las víctimas, poner en entredicho las reinantes piedades autoritarias.” ¿Se siente identificado con esta sentencia?

Si mal no entiendo, la pregunta es si soy un intelectual comprometido. La respuesta es sí: comprometido con el oficio de escribir. Los demás compromisos pertenecen al ámbito de otras profesiones. La ética del escritor consiste en escribir y tratar de hacerlo bien. Alguien lo dijo antes, pero no recuerdo quién fue.

Rafael Baena trabaja actualmente como coordinador editorial y editor gráfico de la revista Credencial. Ha sido redactor y reportero gráfico en el Diario del Caribe; en las desaparecidas revistas Antena y Cambio 16; en Cromos y en El Espectador; y en Noticias Uno, Teledeportes y el Noticiero de las Siete.

Fuente: Prensa Alfaguara

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