‘Dios es Colombiano’, historias para creer en Colombia

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En este libro, varios escritores reflexionan sobre todo aquello que implica ser colombiano

El Génesis, en su primer capítulo, valida el título de este libro: “Crió pues Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios le crió, criólos varón y hembra. Y echóles Dios su bendición”. Sin medir las posibilidades de lo que hacía, y a pesar de habernos echado su bendición a ciegas, en el mismo origen están el fruto y la consecuencia de lo que Dios tuvo que asumir: ser omnisciente, omnipotente y colombiano.

Seguramente la teología tiene mil argumentos para alegar que semejante probabilidad es imposible, que asegurar que Dios es colombiano es un craso y desproporcionado error, pero más allá de la razón que nos da el Génesis, solo hay que mirar alrededor o indagar un poco en nuestra historia para corroborar que Dios es como nosotros o, por matemática divina, nosotros somos como Él.

Basta observar una flor para saber que Dios tiene talento. Los colombianos también lo tenemos. Un poco menos que Él, pero de cuando en cuando el mundo nos regala un gesto de aprobación. A veces también somos solidarios como Él -mi Dios le pague-; nos escudamos en su voluntad –si Dios quiere-; fingimos ser justos como Él -a Dios lo que es de Dios-; lo usamos como cómplice -lo juro por Dios-; es alcahueta –Dios, que mi mujer no se entere-; es indiferente –¿Dónde estás, Dios mío?-; es corrupto –Dios, si gano las elecciones te rezo cien rosarios y te hago una iglesia-; es asesino -“Si ojos tienen, que no me vean, si manos tienen, que no me agarren”-; tiene sentido del humor – “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”-; es terrorista –Dios también tumba aviones-; al igual que Él, los colombianos estamos en todas partes, también somos omniscientes y omnipotentes –todo lo sabemos, todo lo podemos-, y así como él, hacemos milagros todos los días para resistir y subsistir en este país consagrado al corazón del hijo de Dios.

De ser cierto, entonces, que Dios es colombiano, que Él y nosotros estamos hechos de la misma inconfundible e irrepetible materia, que somos, como dice Borges, “un acto de fe” -también Dios lo es-, hay que reconocer en Él un poder misterioso, un estado superior, una gracia prodigiosa que no tenemos los 40 millones de colombianos que nos sentimos merecedores del cielo.

Ese colombiano único que veneramos, del que renegamos o descreemos, del que dependemos y al que nos encomendamos, entra y sale de nuestras vidas en los detalles más simples y cotidianos, pero a veces también sube a un escenario, a veces canta o escribe, sale en televisión o mete goles, anda en mula por el mundo, se luce en el destello de una esmeralda o al trasluz de una copa de aguardiente.

De cuando a los colombianos se nos sale ese Dios que llevamos adentro es que trata este libro. No están todos los que son, porque sería imposible. Aunque estamos todos incluidos cuando, por ejemplo, Alberto Salcedo Ramos hace un elogio de la parranda a través de las anécdotas de parranderos legendarios, de proverbios, de canciones y de versos vallenatos, pero más allá del anecdotario, desenmascara con mucho acierto a la parranda en su afán oculto y trágico de enfrentar lo inevitable, la muerte, a punta de rumba y coplas.

Estamos también en el aguardiente que emborracha al que anda a pie y hasta al mismo presidente, o a los poetas que lo usan para inspirarse mas no para contarlo, según Elkin Obregón, cuando desentierra la historia de esta bebida nacional que nos ha dado más muertos que glorias, en un país donde se derrama más sangre que anís, casi siempre por culpa de este trago al que se le componen versos alegrones y canciones con tiple que entonan los borrachos, copa en mano.

No podemos escapar los colombianos al embrujo verde de las esmeraldas, tan nuestras y tan ajenas, tan teñidas de rojo bajo su manto verde, tal como nos lo cuenta Diana María Pachón en una crónica que revela la violencia y la maldición que hay detrás de la belleza de toda piedra preciosa. Y para seguir con las falacias, con la constatación de que “no todo lo que brilla es oro“, Francisco Santos, testigo en primera fila, nos cuenta con detalles cómo fue ese 5-0 frente a la selección argentina de fútbol, el 5 de septiembre de 1993, en un partido en el que la selección Colombia nos hizo olvidar del terror con el que nos oprimía el narcotráfico y nos hizo sentir potencia futbolera cuando en realidad -nos lo demostró el paso del tiempo- somos tan diestros para el fútbol como para el cricket.

Y como también somos lo que comemos, entre todas las ofertas gastronómicas del país, la arepa, muy suertuda, se ganó el cupo en este libro. Julián Estrada cuenta que para muchos esta es comida de dioses, orgullo de nuestra raza y la razón por la que muchos colombianos que viven en el extranjero lloran por su tierra -Dios mío, perdónalos por qué no saben lo que comen-.

Fuente: Eltiempo.com