Bonita inmundicia, Cornell

Publicado en at 19/05/2009
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screamAcabo de oir el último lanzamiento discográfico de Chris Cornell, la otrora mítica voz líder de Soundgarden y Temple of The Dog.  ¡Qué linda cochinada! Felicitaciones, Chris, de veras debo agradecerte por entregarnos tan minuciosa y frívola gema discotequera. Minuciosa, si, impúdica y valiente a la vez, ciertamente. Desmesurada, aberrante, vomitiva, empalagosa, pútrida, oprobiosa, por no decir más, y es que no vale la pena seguir escarbándole al léxico para denostar semejante bodrio. Trent Reznor tenía razón. Sigo preguntándome qué carajo pasaba por la ahora descreditada mente de Cornell cuando decidió que el jodido Timbaland se encargara de la producción de su música. ¿Timbaland? ¿Quién o qué diablos es eso? ¿No era acaso esa una marca de ropa y accesorios para deportistas extremos que ponía en oferta sus chaquetas y demás artículos cada cierto tiempo en los malls del sur de la florida? Vergonzoso. Ignominioso e inconcebible. Puedo imaginarme al mentecato llorón de Scott Weiland luciendo como el pusilánime que ha sido siempre y cada vez que le viene en gana frente a las cámaras internacionales, ¿pero tu, Cornell? Es imperdonable. Hasta hace pocos meses medio mundo despotricaba de AXL Rose, pero por lo menos a él podemos agradecerle que haya tenido la decencia de entregar algo mínimamente digno y que al menos sonara a rock con su largamente esperado Chinese Democracy.

Chris, ya muchos estábamos enterados de las discrepancias que tuviste con Morello y el resto de ex-integrantes de Audioslave, pero me parece que perdiste por completo los papeles, que algo te sacó de quicio y no tuviste la mente clara para evaluar las majaderías que estabas cometiendo. El peligro de reconocerse un genio impoluto está en llegar a perder la razón eventualmente, en abandonar la realidad declarándole la guerra a los sensatos, tal como ocurrió con Ritchie Blackmore cuando decidió agobiar a sus fieles con plastadas celtas. Ya mala espina me daba cuando vi aparecer a Chris Cornell de esa manera tan escandalosa en la ceremonia de los Grammy, haciendo dúo dizque con estrellitas del Hip Hop actual, cuál reina del pop autocomplaciente para las quinceañeras. Cornell, debo decirte que también hubieras lucido precioso si sales con Shakira, moviendo tus nalguitas al ritmo de “Hips Don’t Lie”. Si sigues así, probablemente te veamos pronto en la MTV triunfando a dueto con las insufribles divas de RBD, con Beyonce o con el también insoportable Juanes mientras interpretas a su lado las asquerosas notas de la “Camisa Negra”, o lo que es peor: que te unas a la causa de imbecilizar las mentes jóvenes latinas haciendo discos asquerosos como los de Daddy Yankee o cualquiera de esos sujetos de nombre impronunciable que con su vileza invitan siempre al vulgarmente denominado “perreo”, pero no estás lejos, a juzgar por un par de canciones de tu nuevo disco que me recuerdan a esa gentuza (dedíquenle dos minutos de escucha al corte número 2, “Time”). Cáncer de mentes, descuido estético, superficialidad y complacencia absoluta a los magnates del emporio discográfico, satisfacción garantizada para los snobs que frecuentan la Zona T con religiosidad cada fin de semana. Le ocurrió a Kiss con Dynasty, a Rod Stewart con Blondes Have More Fun, y ahora el turno es de Cornell. Lo que pasa que los anteriores no llegaron a caer tan bajo, a lo mejor porque aún eran los setenta y todo valía, o quizá porque los rockeros más enardecidos no querían imaginarse que podrían nacer a posteriori corrientes más siniestras que la música discotequera de entonces. De nada serviría que Layne Stayley estuviera todavía aquí; se hubiera suicidado de todos modos, y sin necesidad de sobredosis alguna: cualquier corte de Scream habría envenenado su sangre con la callada prontitud del arsénico.

Todos podemos suponer que alguien de la capacidad creativa de Cornell se puede tomar la libertad de hacerle cambios a su música. Está en su derecho, sobretodo después por haber gestado junto a otros coetáneos suyos algo que supuso un bálsamo para el rock: el grunge de Seattle. Los cambios son necesarios, son sanos, puede ser que no haya un camino más mediocre que repetir la fórmula del éxito, pero es que a Cornell ésta vez se le fueron las luces. Aquellos que consideren a Soundgarden y al resto de las glorias del grunge de los noventas unos bufones se deben estar divirtiendo ahora, pero a mi todo este asunto me parece muy desagradable. Confieso que en 1999 me sentí desorientado por la carencia de combatividad en su álbum “Euphoria Morning”, pero todavía podía encontrar calidad en sus composiciones. El disco ganaba con repetidas escuchas, y realmente se iba haciendo digno de mi afecto hasta que un día se lo presté a una infelíz de la que nunca volví a saber. Pasó poco tiempo y llegaría el debut de Audioslave con un álbum que claramente estaba destinado a convertirse en un éxito de masas, eso sí de una enorme dignidad, y ante todo de buenas canciones. Jamás pude pensar que alguien que escribió himnos como “Spoonman” o “Jesus Christ Pose” tuviera la desfachatéz de abofetear a su legión de seguidores con esta nueva cochambre. Menudo despropósito el de Cornell. No voy a desgastarme tratando de detallar éste disco, pero le voy a dar a los más reflexivos un par de parámetros, a ver si logro convencerlos de abstenerse de adquirir tan desconcertante pachotada:

1. Porque no puedes oírlo por espacio de 5 minutos sin dejar de encontrarlo aburridísimo.
2. Porque es excesivo en loops y recursos electrónicos.
3. Por ese sonido homogéneo, impersonal, plástico y frío.
4. Porque me hace pensar en toda la nueva bazofia que abunda en la radio hispana de hoy.
5. Porque no le encuentro otra utilidad mejor que usarlo como desparasitario.
6. Porque, una vez más, ¡¡¡FUE PRODUCIDO POR TIMBALAND!!! ¿Acaso hace falta decir algo más?

Alguna vez pensé que jamás llegaría a escribir acerca de un disco que no me gustara, pues no me considero un crítico ni mucho menos. Pero es que ésta nueva entrega de Chris Cornell me ha causado tanto malestar que no puedo ocultarlo. Considero necesario manifestarle al mundo entero la gran zozobra que me ha causado. Si bien es cierto que para el rock todo tiempo pasado fue mejor, uno siempre conserva la esperanza de que sus ídolos de juventud le declaren la guerra a los medios de cuando en cuando, o manifiesten su desacuerdo frente a esas conservadoras maneras de interpretar aquello que a fin de cuentas ha sido y será siempre un negocio: la industria musical. En el momento que Dave Mustaine y el resto de sus compinches fueron despedidos con una palmadita en la espalda por el sello Capitol, Megadeth volvieron más acerados con un nuevo disco a través del sello minoritario Spitfire, y todo porque “el mundo necesitaba un héroe”. Algo semejante habría pensado Paul Rodgers y compañía cuando una nueva canción de Bad Company nos hablaba de “Joe Fabulous”, el rey de la calle, el mercader de lo “cool” que clamaba para que no sonaran su música en MTV sino en la radio, o cuando un glorioso y digno Alice Cooper, siempre al márgen de todas las modas pasajeras, olvidado por los labels de su norteamérica natal, y sin necesidad del apoyo de un mecenas del mercado del disco, regresara triunfal al ruedo con su Brutal Planet. A lo mejor estoy sacando las cosas de quicio. Seguramente Chris Cornell recupere la cordura algún día cercano y nos vuelva a complacer con una obra a la altura de Badmotorfinger o Down On The Upside. Si Mickey Rourke pudo hallar una luz y volver victorioso cuando parecía no salir de la hora de la sombra, quizá todavia podamos tener esperanza en Chris Cornell, pero yo por ahora lo desprecio por haber empuercado su música de tal forma.

Iván Darío Torres G,
Que Dios nos ampare y nos favorezca.

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