Diomedes Díaz escribe una página de Oro

Diomedes Díaz, “El Cacique de la Junta”, ha vuelto a nacer. Una reciente cirugía de corazón abierto le permitió volver al escenario. Hace dos años vivió una difícil noche de resurrección. Crónica del regreso.Lo que más inquietaba al Ex-manager Manuel Páez, a los empresarios del concierto y al delegado de la disquera Sony Music era el hecho de que el pequeño diamante incrustado en un diente frontal de Diomedes Díaz acababa de desprenderse. Además aquel 5 de marzo de 2005 debía ser un día de fiesta y no esa tarde lluviosa bogotana cargada de malas energías.

El cantante permanecía encerrado en la habitación de su apartamento del norte de Bogotá, acompañado sólo por la estatua de la Virgen del Carmen que nunca lo desampara. En la sala del amplio apartamento de pisos de mármol, cornisas de yeso y enormes lámparas de cristal, se respiraba un aire denso entre el séquito de colaboradores y amigos del cantante.

 

Hasta ese momento todo parecía estar en contra del retorno triunfal a los escenarios: las inundaciones en la ciudad y el diamante caído. Eso, claro, porque quien pretendía volver por la puerta grande era un hombre entregado a los agüeros, El Cacique de la Junta.

El diamante apareció y de urgencia llamaron a un odontólogo para que volviera a poner el extraño amuleto en su sitio. “Compadre, háganos el favor y pegue eso o si no El Cacique no canta”, le dijo uno de los asistentes al odontólogo como un clamor vallenato y en un marcado acento guajiro.

Estaba claro que en esa noche Diomedes Díaz necesitaba toda la ayuda posible, así viniera del más allá. En pocas horas se iba a reencontrar en la tarima con viejos fantasmas de un pasado brillante y oscuro. Y la única arma para ahuyentarlos era su voz.

Abajo, en el lobby del edificio, el ex capitán del ejército Andrés Morales, jefe de seguridad del artista, terminaba los preparativos para el traslado de la comitiva al estadio El Campín, a veinte minutos del apartamento.

Tenía bajo su mando a dos policías de tránsito enviados por el Comando Central de la capital, encargados de abrir paso por las calles y de coordinar a veinte escoltas privados vestidos con trajes oscuros y seis camionetas blindadas, entre ellas una Hummer 2 de color negro que le daba un aire marcial a la caravana.

A las nueve de la noche bajaron los primeros miembros del staff con toallas, botellas de agua, comida y una pipeta de oxígeno para las terapias respiratorias que necesita Diomedes durante y después de cada función. Las terapias forman parte de un exigente programa de recuperación del síndrome de Guillain-Barré que casi lo deja cuadripléjico cuando estaba en prisión.

Se abrió el ascensor en que iba el cantante. La escena parecía la salida de un boxeador dirigiéndose al ring.

El rostro implacable de Diomedes contrastaba con la ansiedad de los miembros de la numerosa comitiva que lo acompañaba, encabezada, por supuesto, por su joven esposa Betsy Liliana González, su médico El Mono Bolaños, su asistente Jairo Orozco y su amigo y mano derecha José Zequeda. (Actual manager) Fueron los mismos que lo acompañaron incondicionalmente cuando huía de la justicia y los que sagradamente cumplieron una cita diaria con él en el calabozo 074 del Patio 1 de la cárcel judicial de Valledupar.

Hasta allí llegaban para ponerlo al tanto del lío jurídico que lo perseguía, animarlo y, una vez recobrada la libertad, planificar el retorno a los escenarios. Era la noche para demostrar que todo ese sacrificio tenía sentido.

Apenas salió del ascensor levantó los brazos y saludó a un par de curiosos que en la entrada del edificio permanecían parados a pesar de la lluvia. Firmó tres autógrafos y se dejó tomar una foto con una joven que lo esperaba hacía varias horas. La seguridad con la que trataba a sus seguidores contrastaba con el nerviosismo que dejaba entrever su frente sudorosa.

Finalmente volvió a levantar los brazos para despedirse y salió cojeando hacia el parqueadero con la cabeza cubierta por una toalla. Antes de subir al vehículo el capitán Morales lo abordó: “Cacique, vamos a cambiar de camioneta porque la Hummer ha salido mucho en televisión y no es bueno que la gente sepa que usted va ahí. Súbase más bien en la Mercedes de atrás”.

Durante el trayecto al estadio fueron uniéndose decenas de carros que formaron una extensa y ruidosa caravana que alertó a miles de seguidores que en ese momento hacían fila para entrar en el estadio. Centenares de fanáticos bloquearon la Hummer e impidieron su entrada en el estadio. En cambio Diomedes ingresaba tranquilamente, en la otra camioneta.

Podía pensarse que en el estadio el asedio de los fanáticos terminaba. Pero allí todo era peor. Cientos de personas apretujadas en los corredores tomaban fotos, cantaban y alargaban vasos de whisky para brindar con el cantante. También lo esperaban Jerónimo Uribe –hijo menor del Presidente de la República– y Rafael Santos, uno de los hijos que heredó de Diomedes el talento para interpretar vallenatos.

Después del abrazo con su hijo, el cuerpo de seguridad logró abrirse paso hasta una improvisada carpa adaptada como camerino. Diomedes permanecía impasible, sentado al lado de su esposa, y sólo interrumpía el incómodo silencio para preguntar a sus asistentes cuántas personas había en las tribunas: “Está lleno, Cacique”, le respondían automáticamente.

En ese momento las luces del estadio se apagaron y un hombre con radioteléfono y chaqueta impermeable azul le hizo la señal de subir a la tarima. Sólo en ese momento se podía justificar la ansiedad que demostraban los movimientos incesantes de las manos de un artista fogueado en tarimas de más de cuarenta países en los últimos treinta años.

En las tribunas del El Campín lo esperaban casi cuarenta mil personas llegadas de diferentes rincones del país que iban a juzgar su condición física y anímica. Allá arriba no se le podían olvidar las canciones, ni faltarle el aire, ni mucho menos trabársele la voz porque rápidamente lo acusarían de haber llegado borracho o drogado como tantas veces lo había hecho en el pasado.

Ese mismo público también le haría saber si el crimen de la joven Doris Adriana Niño, por el que fue condenado y encarcelado, le había sido perdonado. Con su voz tenía que demostrar que las sombras recientes de su oscuro pasado se habían disipado y que estaba de vuelta para reclamar el puesto que dejó a la deriva como el cantante más importante en la historia del folclor vallenato de Colombia.

Mientras subía lentamente las escaleras, un presentador anunció la llegada del artista: “¡Señoras y señores, están a punto de presenciar un espectáculo único, el regreso del más grande del folclor vallenato de Colombia!”. Poco a poco las luces se encendían mientras Diomedes, quien esperaba detrás de la tarima, sudaba como si estuviera en la mitad de un concierto en Maicao. Su mirada permanecía fija en el piso.

Una pequeña fanfarria interpretada por un grupo de violines, contrabajos y redoblantes se transformó pronto en un vertiginoso contrapunteo de tambores y acordeones que desprendían pequeños fragmentos de canciones que marcaron una época: Mi primera cana, El cóndor herido, Brindo con el alma… Canciones que transformaron al joven Diomedes de un animador de parrandas en caseríos de La Guajira y la Costa colombiana, en una de las más grandes leyendas populares de Colombia.

Una celda metálica cubierta por una espesa nube de humo empezó a descender del techo sobre la tarima. Cuando aterrizó se abrió la puerta y dejó ver a un hombre fornido envuelto en un traje negro y un peinado cubierto de laca. Era la figura de Diomedes desdibujada por la obesidad, las cirugías plásticas en un ojo y en la nariz y la notoria dificultad para caminar. Hubo silencio. El público no aplaudió porque escudriñó cada detalle del cantante para comprobar que quien estaba allí parado era realmente su ídolo.

Diomedes no se enteraba de lo que sucedía. Quizás prefería ignorarlo. Caminó lentamente hacia el micrófono con las manos en los bolsillos. Miró las tribunas del estadio. Sonrió. Y de ese aparente cuerpo frágil y contrahecho emergió la voz del artista que más discos ha vendido en Colombia y el que se ha dado el lujo de cantar al lado de los mejores acordeoneros de cada época. La misma voz que lo convirtió en héroe y villano, en un hombre que despierta sentimientos opuestos, desde la idolatría de ciudades como Valledupar que se paraliza cada vez que presenta un nuevo disco, hasta los que en aquel momento protestaban airadamente en las afueras del estadio con pancartas que decían: “¡Asesino!”.

Caracoles de colores que en el mar andan nadando / Se arruman a montones por las olas que van pasando… La suerte estaba echada. Dejó de llover y ahora Diomedes reía mostrando orgulloso el resplandeciente amuleto que en esa noche casi lo abandona. Los malos presagios de la tarde se evaporaron con las nubes. Diomedes Díaz, El Cacique de la Junta, el ídolo del pueblo, el hijo de Elvira y Rafael, había regresado. Lo que nadie sabía era si iba a quedarse por mucho tiempo.

Pasaron 850 días y tres visitas de urgencia a la clínica desde aquella noche. El corazón de Diomedes lucha por responder al agitado ritmo de giras en Colombia y el mundo. Han pasado dos nuevos discos discretos en ventas: Pidiendo vía y La voz. Diomedes cumplió cincuenta años de vida el año 2007 y no los celebró con las memorables parrandas de otras épocas.

Después algunos acontecimientos dolorosos como la operación a que fue sometido y la perdida de su padre Rafael María Díaz; regresa Diomedes a los escenarios ya se le ve un nuevo semblante hasta su estado anímico y emocional cambio se le ve mejorado en un ciento por ciento, eso lo esta demostrando en las diferentes presentaciones pero no todo termina ahí; se cierra una pagina con el acordeonero Iván Zuleta y se abre una nueva con el Rey Vallenato Álvaro López quien lo acompañará a partir de ahora en todos los espectáculos y parrandas donde se presenten… “Por eso vivo lleno de esperanzas llevando mi cantar sin ambiciones pa' mi el hombre importante es aquel hombre que por su sencillez todos lo tratan”.

Fuente: Diners/El vallenatero.

Otros links relacionados