El escritor Gonzalo Mallarino lanza su novela ‘Santa Rita’

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Gonzalo Mallarino dice que la nostalgia y la melancolía por las cosas perdidas irremediablemente lo inspiraron a escribir Santa Rita, su más reciente novela. En esta obra, y a través de las aventuras y sinsabores de Antonio (y las de su familia, amigos y vecinos) durante su último año en tierra caliente, el autor hace un retrato no sólo de la infancia sino también del fin de la infancia.

Para ello, Mallarino se vale de la voz narradora de su protagonista, que en ciertos momentos de la historia se va aniñando e impregnando de inocencia, picardía y ternura, como si el niño que fue se tomara las riendas de la narración. Para la muestra, un botón:

Ella echó la cabeza para atrás y cerró los ojos. Los dos tenían los labios grue­sos, como llenos de babas. Pensamos que era de tanto darse besos. Nosotros nos dimos cuenta de que no eran los papás de los mismos niños. El se­ñor era el papá de unos niños y la señora de otros. No eran esposos. Se besaban y todo eso pero no eran esposos. Los esposos de cada uno no sabían que ellos dos estaban escondidos abrazándose…

Así, el autor de Según la costumbre, Delante de ellas y Los otros y Adelaida abandona su obsesión por Bogotá, su lluvia y sus mujeres (temáticas ampliamente tratadas en dichas novelas) y enfoca su mirada melancólica hacia “ese paraíso que todos hemos perdido”.

“La obra está narrada por un muchacho de 15 años, quien recuerda su vida en Santa Rita desde los primeros años infantiles (cuando los bogotanos llegan a vivir a tierra caliente) y hasta los 11 años de edad, momento en el que abandona la ‘cuadra’ y se va para tierra fría. Encontrar la voz narradora fue muy difícil, pues fue necesario mantener un tono cándido, dulce, puro, típico de la niñez, y al mismo tiempo crear un personaje que tuviera los medios sicológicos y lingüísticos indispensables para narrar una historia que resultara de interés y atractivo para cualquier lector”, explica el escritor.

Dicho tono cándido y dulce impregna el estilo de Santa Rita y, especialmente, la manera como Antonio define ciertas palabras con las que se va topando. Así, lo veremos explicar, por ejemplo, que “incienso es un humo que lo ma­rea a uno pero a Dios le gusta”, que “el Seguro es como un hospital para la gente pobre”, que “embarazo es la enfermedad por tener una señora un niño en la barriga”, que “un diploma es un papel con el nombre de uno grande”, que “judíos es que eran buenos pero no querían al Niño Dios” y que “guayabo es que uno se siente con pena con los otros por haberse puesto a tomar y a tomar y no quererse acostar”.

A propósito de la publicación de Santa Rita, el escritor Gonzalo Mallarino respondió la siguiente entrevista:

Su Trilogía de Bogotá, compuesta por las novelas Según la costumbre, Delante de ellas y Los otros y Adelaida, podría definirse como literatura con voz y cuerpo de mujer. A través de voces femeninas, las obras recorren cien años de historia bogotana y reflejan cómo el dolor lo cargan las mujeres. Santa Rita, en cambio, abarca un período de tiempo mucho más corto (un año) y su protagonista, un joven / niño, hace un retrato de su infancia. Como escritor, ¿cómo vivió dicho cambio de voces, personajes y temáticas?

Fue difícil, porque el material para esta novela estaba todo en mis recuerdos, en mi inconsciente, no había lugar al ejercicio de “investigar para después novelar”, típico sobre todo de las dos primeras novelas de la Trilogía. Aquí, todo el riesgo lo estoy corriendo yo, no sólo porque es mi infancia la que da origen al relato, sino porque había que encontrar un lenguaje y una estructura que revivieran para el lector su propia infancia, que se la evocaran, que se la recrearan. Siendo una novela aparentemente tan personal, Santa Rita no puede detenerse en lo personal, en mis obsesiones, en mis miedos, en mis dolores, como sí fue posible en las novelas anteriores a través de la experiencia vicaria de las mujeres que las protagonizan.

¿Cuál es su relación con los personajes de Santa Rita? ¿Están basados en vivencias personales concretas? ¿Qué tanto hay de Gonzalo Mallarino en Antonio?

El escenario de Santa Rita es mi infancia en Cali: la calle, la luz, los árboles, las voces…. Sobre ese entablado se yerguen los personajes (y sus historias), que corresponden inicialmente a gentes que yo vi, que conocí, con las que estuve y viví. Pero hecho eso, la novela responde únicamente a las leyes de la novela misma, que le son propias, no a las del inventario personal o la biografía. Los personajes empiezan a moverse autónomamente y sus historias toman un derrotero propio, que no coincide con los “hechos” de mi vida, de mi niñez. Así, con material muy íntimo y personal, se hace un relato “universal”, un arquetipo de la infancia, una maqueta o modelo a escala, que a los ojos del lector sea evocativo, tierno, dulce, como es la infancia recordada cuando ya no somos niños.

¿Qué representa Santa Rita (como espacio físico y como obra literaria) para Gonzalo Mallarino?

Fue un riesgo. Por un lado, fue la aventura de narrar una novela de manera convencional, con la puntuación, la sintaxis, la prosodia que son comunes en los libros de ficción que se publican estos días. Aunque en esto hubo algunas dudas al principio, en el trabajo con Pilar Reyes, directora editorial de Alfaguara, fue cada vez más claro que haberse empeñado en narrar Santa Rita como Según la Costumbre hubiera sido un gran error en términos del oficio de escribir, de la libertad que éste necesita; y también, en términos de las posibilidades de comunicarse con los lectores en una relación de largo plazo. El otro asunto era la temática misma, pues para muchos será un desacierto ocuparse en estos días de cosas como la evocación de la niñez, en lugar de escribir sobre el narcotráfico o el secuestro. Hoy en día, hay más lectores para esos libros que para Tom Sawyer o Platero y yo, lo que, por otra parte, le da un carácter muy especial a Santillana como casa editorial.

Antonio explica: “Yo tuve mucha preocupación de que se me olvidaran las cosas (…) Mi mamá me dijo varias veces que nada se me iba a perder. Que siempre me iba a acordar de todo lo que me pasó en Santa Rita. De todos modos yo empecé a apuntar todo en un cuaderno. Para estar seguro. Me daba miedo que se me olvidaran las cosas de Santa Rita cuando me fuera para la tierra fría”. Ahí, el origen de su escritura. La pregunta es: ¿Existe un hecho puntual que lo llevó a escribir?

En el ejercicio de escribir hay siempre un empecinamiento contra el olvido, contra la muerte, contra la extinción….Que no pase la muerte como un viento oscuro llevándose todo lo de uno; que quede algo en los pétalos del jardín, en las paredes de las estancias que ocupamos, en los labios de los otros. Ese es el juego, esa es la apuesta que hacemos todos. Olvidar algo querido, dulce, es dañarlo, es precluirlo con desdeño y con desidia, y eso es muy doloroso. Sobre todo cuando lo olvidado son cosas como la infancia, que es tan pura, tan redimidora al ser recordada, tan balsámica en los días duros.

A lo largo de la novela, Antonio presenta desde la inocencia definiciones muy entrañables de palabras que usamos a diario. Leemos, por ejemplo, que “ataúd es una caja donde ponen a los muertos para que todos vean cómo quedaron”; que “radiografías es que una máquina lo ve a uno por dentro, como uno es de verdad”; o que “prisionero es que uno está vivo pero lo tienen amarrado. Y le pegan si quieren y sólo le dan agua”. ¿Podríamos hacer un ejercicio y, para esta pregunta, y sólo para esta pregunta, invocar a Antonio para que nos ayude, desde su mirada, a definir las siguientes palabras? Infancia, adultez, vivir, morir, alegría, tristeza y dinero.

Algunas definiciones en palabras de Antonio: La “infancia” es que el tiempo tiene sol y no se acaba nunca. Ser “adulto” es que uno tiene las cejas más peludas y como con sombras porque piensa en cosas tristes. “Vivir” es írsele a uno poniendo la piel dura y como con frío por todo el tiempo que pasa tocándolo a uno. “Morirse” uno es que ya se queda quieto y los ojos no le iluminan nada. “Alegría” es que el sol sale y la mamá y los hermanos se ríen y uno los oye. “Tristeza” es que uno no se puede sonreír porque le da dolor en la espalda o en los ojos. “El “dinero” es para comprar comida y para que los papás se rían y no peleen.

La guerra y la muerte son temas recurrentes en la obra y podemos ver cómo ambas oscurecen algunos de los momentos felices de Antonio en Santa Rita. ¿Qué cree usted que pone fin a la infancia de Antonio: el viaje a tierra fría o precisamente esas irrupciones de guerra y muerte?

No, la guerra y la muerte tienen apenas corporeidad en la vida de Antonio, sólo cierta apariencia, cierta silueta como de escenografía, pero no más. No lo tocan todavía, ocurren como llover, o irse, o escuchar a alguien decir algo que puede ser triste. Eso no señala entonces el final de la infancia de Antonio. Lo que parece más determinante es la partida a la Tierra Fría, simplemente, el abandonar la Tierra Caliente donde ocurrió lo inicial, lo primigenio, donde, sin saberlo, se fue tan feliz. El corolario de todo esto, su ratificación de final inapelable, de fin de “paraíso”, surge de la relación misma de Antonio y su mamá. Es ella la que le dice “ya no eres más un niño”, y entonces todo cambia, tremendamente, dolorosamente.

¿Cuáles son algunas de sus obras o autores predilectos?

El Quijote, don Jorge Manrique, San Juan de la Cruz, Machado, Lorca, Henry James, Proust, Elliot, Pessoa, Gabo, Salvatore Quasimodo, Miguel Hernández, Eduardo Carranza, Álvaro Qunqueiro, J.A. Goytisolo, Blas de Otero, Alberti, Mario Rivero, John Updike…

¿Qué le gustaría que le preguntaran sobre su obra?

Las preguntas que prefiero son las referentes al ámbito de mis libros, no al mío personal, ideológico o circunstancial, eso no. Me atrae la conversación sobre el trabajo de escribir un libro, sobre lo lingüístico, sobre la voz y el tono del narrador, sobre la hondura de los personajes, sobre el desafío que representa escoger una estructura u otra… Cuánto hay de artesanal, de fregadera de platos, de trabajo de la madera, en el ejercicio de escribir; pero también cuánto hay de fuerza inconciente, de duda, de desfallecimiento en la decisión de escribir un libro y no otro. Eso es lo interesante. Es desconsolador ver, a medida que uno sale de Colombia con sus novelas (aunque aquí también, en buena medida) cómo las preguntas de los periodistas son tan generales, tan estereotipadas, y casi siempre relacionadas con una supuesta “violencia exótica” que nos azota a los colombianos exclusivamente. A mí, pregúntenme cómo hago para hallar entre mis tripas la voz de una mujer quebrantada; o la de un niño a quien despiertan al mundo de los sentidos la luz y el calor; o la de una monja contrita y hondamente humana, que tiene que tomar una decisión crucial, etc. Cómo se va haciendo ineludible, en un momento dado, la escritura de una novela determinada; o cómo busco en mis novelas la ayuda del leguaje poético, para crear un universo narrativo verosímil y envolvente para el lector. Cosas así….

Gonzalo Mallarino Flórez nació en Bogotá en 1958. Sus primeros poemas aparecen en el periódico El Tiempo en 1984, y su primera colección de poemas en la antología Se nos volvieron aves las palabras, editada por El Gimnasio Moderno, en 1986. También es autor de los libros Cármina (1986), Los llantos (1988), La ventana profunda (1995), La tarde, las tardes (2000), con los que ha obtenido varios reconocimientos importantes, entre ellos: Mejor envío extranjero en el concurso literario Javiera Carrera, Valparaíso (1986); Mención de Honor en el concurso hispanoamericano de poesía Octavio Paz, Cali (1988), y Primer Premio en el concurso literario Brantevilla, Bogotá (1993). Sus poemas han sido incluidos en diversas publicaciones y antologías. Según la costumbre (2003), Delante de ellas (2005) y Los otros y Adelaida (2006), todas ellas publicadas por Alfaguara, conforman su ya célebre Trilogía Bogotá.

Fuente: Alfaguara

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