El escritor Sandro Romero presenta su libro ‘Miedo a la oscuridad’

El miedo a la oscuridad, la nueva novela de Sandro Romero Rey, es un relato polifónico en el que, a partir de la recuperación de los manuscritos perdidos de un director de cine, se reconstruye la saga de una generación —Cali, los años ochenta, las fiestas, los excesos, los amores frenéticos—, en contrapunto con la tragedia de los seres humanos que desaparecen. Daniel Vasco, su hijo, Miranda Miramón, Lucy Wagner, el detective Brausen son las ramificaciones de una familia desbaratada, fichas de una partida de ajedrez fatal, en la que el amor, el humor y el dolor forman parte de su irremediable destino.

Construida a través de la yuxtaposición de voces, formas y narraciones vertiginosas, El miedo a la oscuridad es un edificio de muchas habitaciones, múltiples entradas y muy pocas salidas. Es allí donde el lector se convierte en cómplice de un secreto y, al mismo tiempo, evidencia la cercanía de la horrible noche en la que, tarde o temprano, estaremos todos inmersos.

A propósito de su nueva novela, el autor concedió la siguiente entrevista:

Empecemos con uno de los epígrafes de la novela: “Los muertos fuimos cinco”. La sentencia es de un campesino del Magdalena Medio colombiano. ¿Cómo es esta historia?

La frase la leí hace muchos años y es citada por García Márquez en alguna de sus columnas de prensa. Después ha sido reproducida en otros medios, en distintas circunstancias, pero la terrible sustancia de sus consecuencias sigue siendo la misma. El miedo a la oscuridad es una novela (prefiero llamarla un libro, como solicitaba Cabrera Infante para sus Tres Tristes Tigres) sobre la tragedia de los hombres que desaparecen. Quiero decir, sobre las consecuencias en los seres humanos a los que se les desaparecen sus seres queridos sin encontrar explicación alguna. Y la desaparición de un hombre no sólo implica la muerte de éste, sino también la de los que lo rodean. En el caso de mi texto, podemos decir que los muertos fuimos cinco, porque los cuatro personajes eje de la historia (Daniel Vasco; Miranda; el hijo de ambos; Lucy Wagner, y el quinto, el autor) terminan, de alguna manera, destruidos. De otro lado, la novela, a lo largo y ancho de sus páginas, tiene muchos otros epígrafes. “Un universo de citas me excita”, decía el ya citado Cabrera. En mi caso (o, mejor, en el caso de El miedo a la oscuridad) hay frases para escoger: desde letras de George Harrison (de quien robé una traducción acomodada del título de una de sus canciones) hasta Leonard Cohen, poeta con fondo y forma musical.

Al principio de la novela una mujer – ya luego sabemos que se trata de Lucy Wagner – dice: “Todos los hombres matan lo que más quieren”. ¿Estaría usted de acuerdo con ella?

Bueno, la frase (luego lo sabremos en otro de los epígrafes) es tomada de Oscar Wilde. Lucy Wagner, la repite, tomándola prestada del relato titulado “El hilo de Ariadna”. Y, por supuesto que no estoy de acuerdo, pero uno en la vida no está de acuerdo con muchas cosas y sin embargo éstas suceden. La vida es una colección de frases con las que uno no está de acuerdo pero que uno acepta porque son cruelmente ciertas. En el caso del relato citado, el narrador asesina adolescentes para poder liberarse del horror de una separación. La realidad de la ficción terminará pisándole los talones a la historia de Daniel Vasco, personaje eje, por omisión o, mejor, por desaparición, de El miedo a la oscuridad.

Tenemos una misma historia desde distintos puntos de vista. ¿Cómo se le ocurrió la estructura de la novela?

La novela nació por el descubrimiento de una colección de cuentos que yo había escrito en París hace muchos años. Los cuentos aparecieron por ahí, como aparecen los fantasmas que se resisten a desaparecer. Era una colección de relatos sobre los celos, tratando de seguir la estructura de La ronda de Arthur Schnitzler. El conjunto se titulaba Celos, pelos y desvelos y, aunque a mí me gustaban, el tiempo se había encargado de olvidarlos. Leídos casi veinte años después, me parecieron unas historias muy extrañas, escritas por una persona a la que yo en realidad creía no conocer. Así que me puse en la tarea de escribir la saga del hipotético autor de esos relatos, un hombre que desapareció sin dejar rastro y del cual sólo se conservarían unos cuentos escritos en clave. Esa clave, como en un Matias Sandorf tropical, sólo sería descubierta por el lector en la medida en la que reúna todos los datos dispersos a lo largo del libro.

Los cuentos de Daniel Vasco son tan reales como “la vida real” de los protagonistas de su obra. Hay un momento en que el lector siente que la ficción y la realidad se difuminan. ¿Cree que la ficción y la realidad tienen límites exactos o que, por el contrario, se confunden constantemente?

La ficción y la realidad tienen límites exactos. Tan exactos que, por desgracia, la ficción nunca podrá conseguir la visa para atravesar su frontera. Escribir novelas, obras de teatro, guiones o poemas sólo se justifica cuando el autor persigue la creación de un universo equiparable a las partículas desesperadas que llamamos “la vida real”. Pero nunca se consigue. Al contrario, la ficción es un universo autónomo, independiente, traidor de la vida. Como en La vida breve de Onetti (donde uno de sus personajes se llama Brausen, como el insoportable detective de El miedo a la oscuridad), la ficción y la realidad terminan siendo una sola cosa. Hay novelas que persiguen a dentelladas, en un acto descomunal, tratar de derrotar a la muerte. Y, por supuesto, tampoco lo consiguen. Pero el esfuerzo es tan estimulante, que uno termina por adorar dichos textos.

Dice el narrador: “Desde el secuestro hasta el asesinato, desde la desaparición voluntaria hasta la huida involuntaria, todo se ha considerado en el caso de mi padre. Aunque ya estamos acostumbrados a la idea de su ausencia, a su lento y prolongado fallecimiento, todavía no admito el hecho de que pasen los años y mi papá no exista en el mundo”. ¿Por qué decidió que los personajes de su novela pasaran por una de las más terribles situaciones por las que puede pasar el alma humana: la desaparición de un ser querido (tragedia que implica no saber si la persona está viva o muerta)?

De alguna manera, la respuesta está inmersa en la pregunta: justamente por eso, porque es “una de las más terribles situaciones por las que puede pasar el alma humana”. Y no solamente el alma (que, por estos días, dudo mucho que exista) sino también el cuerpo, la calma, la felicidad, el sueño. El tema de la desaparición me ha afectado de manera muy profunda, pues el papá de unas amigas a quienes quiero muchísimo salió un día de su casa y nunca más regresó. Nunca se supo nada más de él. Esa especie de limbo espiritual en el que se sumergen los seres que padecen el infierno de la desaparición es, en el fondo, el tema central de El miedo a la oscuridad. Pero la desaparición aquí, en realidad, es un punto de partida. El punto de llegada es otro y, es preciso reconocerlo, no se vislumbra de manera muy clara. La pesadilla de los personajes del libro está barnizada por el delirio, por el juego, el humor, la creación y, por qué no, por las cabriolas traviesas de la muerte.

Para Daniel Vasco (padre) “su respeto por la literatura rayaba con los límites de la pasión religiosa. Tanto que, para él, era indigno ver a un colombiano dedicado a competir con Musil, con Proust, con Thomas Mann o con Tolstoi. Según sus principios, en Colombia nadie podía enfrentarse a la literatura y los escritores que lo hacían eran poco menos que equiparables a la guerrilla, a los narcotraficantes o a cualquier representante de la monstruosa fauna de nuestra realidad (…) Hablar de un escritor colombiano era lo mismo que hablar de un bailarín de salsa ruso o de un torero argentino”. Por su parte, el Poeta Ñ se proponía “destruir el mundo, a punta de versos, de drogas alucinógenas y de promiscuas ceremonias eróticas”. Y al descubrir que su padre escribió cuentos, Daniel (hijo) dice: “Me sorprende que se haya dedicado a cosas inútiles”. Como escritor, ¿qué opinión le merecen estos pensamientos de sus personajes?

Uf, demasiadas citas. Estamos cayendo en la trampa de El miedo… Para mí, la literatura es uno más, otro más, de los santos oficios del arte. Desde muy niño he escrito, pero también he dirigido teatro, he trabajado en el cine, en la televisión, en la música, en la radio. Yo pienso todo lo contrario de lo que piensa el desaparecido Daniel Vasco: en Colombia no sólo es posible que existan escritores, artistas, sino que cada vez es más necesario. El gran problema de nuestra sociedad es que la inteligencia sigue siendo un artículo de lujo. Estamos condenados a ser elementales y exóticos. La única manera de acabar con este estigma es dedicándonos con firmeza al inútil arte de la invención. En ese sentido, pienso que necesitamos más, muchos más poetas Ñ, que se dediquen a destruir el mundo a punta de versos, drogas y ceremonias eróticas, antes que a cercenar cabezas, violar constituciones o mentir para conservar riquezas.

También hace muchas referencias a la coyuntura colombiana. Por ejemplo, dice Daniel Vasco (hijo): “Ni los guerrillos ni los paracos (odio esos apelativos cariñosos, pero en Colombia ya los tratamos como si fueran nuestros hijos bobos) me habían explicado la huida de mi padre”…

Yo quería que el libro estuviese escrito desde el presente y que las referencias a la realidad fuesen muy precisas. Incluso las noticias que comenta el narrador eran las noticias que yo iba escuchando mientras escribía El miedo… Sabía que era un riesgo y no me olvidaba del triste ejemplo de Libro de Manuel de Cortázar, mamotreto político-patafísico de difícil absorción en nuestros días. Sin embargo, creo que la realidad real de El miedo a la oscuridad es tan ficticia, esto es, tan manipulada, que en ningún momento pretende ser entendida como el testimonio de un periodista. Aquí todo es conscientemente falso, de mentiras, producto de un embuste, de una patraña. Porque la mitomanía sólo es permitida en los terrenos de la literatura. No sólo es permitida, sino que pienso que sin mentiras bien contadas, no habrá nunca verdades en el territorio de la ficción.

El tema de los celos es el denominador común de los relatos que escribe Daniel Vasco. De hecho, una de las reflexiones más perturbadoras de la novela la hace Gloria en ese sentido: “Es extraño, me gusta sentir celos. Me gusta sospechar de todo el mundo. Me gusta sentirme la víctima, aislarme, morir por una causa injusta”. ¿Por qué su interés en este tema? ¿Estaría de acuerdo con Carlos Fuentes cuando dice que los celos “matan el amor pero aumentan el deseo”?

La ceremonia de los celos es fascinante. No existe historia de amor en la literatura en la que no exista el fantasma de la desconfianza. No sé muy bien por qué Daniel Vasco escribió tanto, tan obsesivamente, acerca de los celos. Eso forma parte de la libre interpretación del texto. Pero creo que no es muy difícil adivinarlo. Daniel Vasco no es un ángel. Al contrario, tras su desaparición, cuando los horrores de la vida lo convirtieron en un mártir, nos daremos cuenta de que el pecado de la infidelidad será parte de su condición de vida. Daniel Vasco es un apasionado del tema de los celos, porque no resiste que le hagan lo que él mismo le hace a los demás. Todo celoso es así, porque se siente culpable.

También dice Gloria: “Yo no tengo historias sino histerias”. ¿Usted con qué se queda? ¿Con las historias o las histerias?

Toda historia es la histeria de la vida cotidiana. La historia selecciona siempre los momentos excepcionales, porque el acontecer diario no construye la memoria, sino las excepciones, los minutos histéricos en las 24 horas de cada sociedad. Ahora bien, los personajes histéricos forman parte de la gran literatura. Lo que no soportamos en la vida siempre será bienvenido en la zona de distensión del arte.

Una pregunta obligada: ¿cómo se siente más cómodo, con el teatro o con la novela?

No me siento cómodo ni con el teatro ni con la novela. Estoy a punto de morirme y todavía no conozco los resortes eficaces ni del uno ni de la otra: por fortuna. El día en el que conozcamos la comodidad de la creación, ese día el mundo nos quedará mal hecho. ¿No será esta la razón por la cual Dios se sintió cómodo el séptimo día de la creación?

Una reflexión muy curiosa en el relato “Luces de bengala”: que en las relaciones entre mujeres siempre salen chispas. Como creador de esta historia, ¿qué opina de esta sentencia?

El creador de esa historia es el desaparecido Daniel Vasco. Más exactamente, Sonia, la narradora de la misma. Por lo general, procuro que los personajes (odio decir “mis” personajes) de mis trabajos de ficción piensen por ellos mismos y que no se conviertan en vehículos para que yo mastique mis excesos mentales. Ahora, si me pide una opinión, le diría que las relaciones entre mujeres tienen el encanto de las relaciones fanáticas, de una inmensa e infinita capacidad de entrega. Las relaciones entre mujeres, a diferencia de las relaciones hombre-mujer, tienen el encanto de la eternidad, porque la naturaleza no les ha puesto talanqueras fálicas. Pero prefiero no opinar demasiado sobre el asunto, porque no quiero ser malinterpretado por mis amadas hermanas de la isla de Lesbos.

Deseo, celos (“el derecho de la exclusividad, me da rabia compartirte”), la pérdida, la búsqueda, el sexo como deseo culminado, la memoria, el olvido, la huida… Todas las emociones de sus personajes parecen dirigirse al declive de la vida humana…

Bueno, me reconforta saber que también están los temas que usted cita. Porque, en última instancia, me parece que El miedo a la oscuridad sólo reflexiona sobre el tema de la muerte. Reflexiona, juega, manipula, hostiga, bailotea, alrededor del tema de la muerte. Porque el tema de la muerte, en última instancia (sí, la muerte es “la última instancia”), es el subtexto de la literatura. En estos tiempos en los que los libros tienen que competir con el cine, con la televisión, con la música de grandes decibeles, me parece que el libro tiene que atreverse a la confrontación con temas imposibles, para que se valore su especificidad. El miedo a la oscuridad llega en un momento de mi vida necesario, cuando acabo de cumplir cincuenta años y me he dado cuenta de que los grandes problemas humanos no tienen solución. Sin embargo, encuentro que en los refugios del arte es posible encender un faro, ahora que la negra noche parece instalarse en las conciencias de mi desamparado entorno. De todas maneras, no quiero que quede la sensación de que El miedo a la oscuridad es un libro fúnebre. Al contrario, el telón de fondo de su historia es el de la fiesta sin fin de mi generación. Sexo, drogas, rocanrol, salsa y sonoras carcajadas salpican sus páginas, puesto que el trabajo y la felicidad para mí siempre han ido de la mano. Y para mis amigos, los tácitos protagonistas de estas páginas, la vida se vive para celebrar. El miedo a la oscuridad fue escrito en un baño, mientras avanzaba una fiesta.

Sandro Romero Rey nació en Cali, Colombia, en 1959. Escritor y director de teatro. Ha combinado la actividad literaria y escénica con distintos oficios en la radio, el cine, la televisión y el periodismo cultural. Junto al realizador audiovisual Luis Ospina recopiló buena parte de la obra póstuma del escritor Andrés Caicedo. Algunas de sus publicaciones son: Oraciones a una película virgen (novela), Las ceremonias del deseo (cuentos), Clock Around the Rock (crónicas de un fan fatal) (crónicas), Gineceo y Quiproquo (teatro), entre muchas otras. Buena parte de su extensa producción dramatúrgica (El aire, Nuestra Señora de los Remedios, El purgatorio de Margarita Laverde…) ha sido publicada y montada en su país natal. De su experiencia reciente como director sobresalen su puesta en escena de Pharmakon, con la actriz Alejandra Borrero, a partir de un texto de Carlos Mayolo, y A solas…, con Margarita Rosa de Francisco. Es profesor de planta del programa de Artes Escénicas de la Universidad Distrital de Bogotá.

Fuente: Prensa Santillana

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