El Parque Nacional cumple 75 años de fundación

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nal1En 1934 el presidente Enrique Olaya Herrera inauguró unos de los escenarios lúdicos más importantes del país.

El parque se construyó para el país en general, pero con su uso y el paso de los años se fue transformando en algo tan bogotano como la chicha de La Perseverancia o la fritanga en las plazas de mercado.

Como parte integral de la urbe lo hemos transitado, con lluvia o bajo el picante sol sabanero, casi siempre de afán y por la acera de la carrera Séptima distinguida con sus faroles de antaño y la fuente de toda la vida.

Levantado al borde del antiguo camino a Chapinero y al entonces alejado pueblecillo de Usaquén, ha observado transitar a las carretas y coches halados por equinos, luego a los primeros autos con motor a combustión y actualmente, a la alocada vía, pista para el transporte público en plena guerra del centavo.

Pero también acudimos a su sombreado interior o sector histórico, en donde encontramos las fuentes, los once monumentos, el reloj donado por la comunidad suiza residente en Colombia, la enredadera y demás elementos mágicos que le han dado esa personalidad al parque, pariente de distinguidos vecinos como el río Arzobispo, el barrio La Merced y la Universidad Javeriana, entre otros.

Eso sin hablar de los tanques de helio con el globo travieso en busca del cielo, las mazorcas untadas de margarina, los pinchos de carne sacada de los expendios a orillas del Tunjuelo, un fotógrafo anacrónico dotado con cámara análoga y maletín (los otros sobreviven en el centro) y toda esa parafernalia de villa suramericana, que le agrega un especial encanto pueblerino al recinto.

Bajo un ambiente similar pero con el recato de los cachacos de sombrero y paraguas nació en 1934 el parque Nacional, más tarde denominado Olaya Herrera en memoria del presidente de Guateque quien tuvo el honor de inaugurarlo en pleno auge de la hegemonía liberal.

En esos momentos, el escenario se localizó en el extremo norte de la ciudad, muy cerca de las adineradas casonas chapinerunas y para acompañar, en la noble misión de recrear a los citadinos, a otros recintos como La Independencia, El Centenario y Lago Gaitán, relativamente cercanos los unos de los demás.

DE LA MANO CON BRUNNER

La Ley 50 de 1931 dio vida jurídica al parque luego de integrar los parámetros urbanísticos del Plan de Regularización promovido por el experto austriaco Karl Brunner, a quien la ciudad le debe notables obras que se han preservado hasta nuestros días.

Tres años después entró el escenario al servicio de la ciudad y lentamente fue adquiriendo las actuales características. En 1936 es estrenado el teatro El Parque, dos años después se empotra la denominada torre del reloj, en 1940 se inauguran el monumento a Rafael Uribe elaborado por el escultor Vittorio Macho, y el relieve gigante de Colombia y un año más tarde las cinco fuentes ornamentales que todavía se encuentran en el sector histórico del recinto. Con el paso de sus primeros tiempos comenzaron a funcionar canchas deportivas, juegos mecánicos y un pequeño zoológico para completar el universo lúdico del parque Nacional.

Así se fueron deshojando los calendarios, estilo Pielrroja, sin mayores cambios hasta la década de los años noventa del siglo pasado, cuando el recinto declinó su belleza para darle paso a la suciedad e inseguridad. A partir de 1997 la Administración Distrital inició una completa recuperación y restauración de sus monumentos, se construyeron baños públicos, la Alameda de la carrera Séptima, zona de juegos infantiles y canchas de tenis y voleibol encima de los tanques del acueducto (sector norte).

En el aspecto ambiental, el parque cuenta, luego de tres cuartos de siglo a cuestas, con una extensión de 283 hectáreas de las cuales 14 comprenden el sector urbano y el resto son una importante reserva forestal y ambiental que sube hasta los cerros orientales incluido el mítico Monserrate.

Los atractivos del parque Nacional han imantado no solamente a miles y miles de visitantes sino incluso a aviones los cuales han caído en sus límites superiores, como aquel Electra de Aerocóndor siniestrado inexplicablemente cuando decolaba de El Dorado rumbo a San Andrés en los años setentas o el 727 de la línea estatal ecuatoriana Tame en 1998.

El valioso museo al aire libre del parque Nacional sigue vigente en pleno siglo XXI, dotado con la vitalidad de oficinistas, enamorados y familias que lo pueblan en distintos horarios, los aeróbicos de los fines de semana y la importancia de ser uno de los escenarios más representativos de la bogotanidad, no sólo por su antigüedad sino por retratar de cuerpo entero a una ciudad; algo similar a lo que el maestro Roberto Pineda Duque relata en el himno capitalino ” blanca estrella que alumbra en los Andes …”

Fuente: SCRD / Cesar Augusto Prieto