Escuela Nacional de Caricatura: un homenaje al humor gráfico capitalino

Escuela Nacional de CaricaturaLa persistencia en la memoria de un recuerdo grato de niñez no se desvanece facilmente. Mi infancia, como la de muchos de mis contemporaneos, estuvo marcada por el recuerdo del animé japonés, del Festival de los Robots, El Vengador, Mazinger ZArbegas, etc. Otro rico aliciente de infancia eran las historietas de los superhéroes de la DC Comics que se imprimían en Colombia por empresas como Editorial Novaro y posteriormente por Editora Cinco. Muchos afortunados crecimos leyendo esas maravillas de la literatura de la imagen, alimentando así la fantasía de llegar a ilustrar en un hipotético futuro historietas tan emblemáticas como las que hacían desde hace décadas los norteamericanos. No teníamos una gran tradición de la historieta en Colombia, y los escasos documentos de la primera historia del cómic nacional se encontraban en los suplementos dominicales de nuestros periódicos: los de Copetín de Ernesto Franco, La Gaitana de Serafín Díaz o Calarcá de Carlos Garzón, entre otros.

Recuerdo gratamente que durante mi adolescencia llegué a hacer estudios en la Escuela Nacional de Caricatura y Comunicación Gráfica, ubicada entonces en el barrio Sears a pocas cuadras de la calle 53, donde se vendían los accesorios para cerámica, pintura y bricolage en general. Quería convertirme en un reconocido ilustrador a largo plazo, pero en el destino no estaba escrita tal cosa. Allí me dieron clase algunos creadores importantes en el ambiente del humor gráfico nacional, como Ofit, Marcos Pinto, Santiago, Orlando Cuellar (premiado recientemente en la Bienal del Dedeté 2008 en Cuba), y otros cuyos nombres ahora no recuerdo. Era una casa muy antigua, con todo el olor a viejo y el gusto rústico de esas construcciones capitalinas en deuda con la arquitectura occidental. Para entonces ya era frecuente que la escuela hiciera aparición en los pabellones de la Feria del Libro: llevaban a los mejores estudiantes con el no tan noble propósito de retratar a los inocentes clientes por bajos precios. También había retratos de mayor calidad hechos por los maestros de la institución.

Independientemente del nivel a cursar, todas las sesiones de sábado comenzaban a tempranas horas de la tarde y finalizaban a eso de las seis pasado meridiano. Los docentes de los cursos de introducción eran los más jóvenes, pero no menos talentosos que los mayores. Pasaban las horas aprendiendo conceptos básicos de estructura y forma, o de onomatopeyas y otros tópicos fundamentales en el lenguaje de la historieta. Sobre un block de papel edad media y haciendo uso de un lápiz 2B, todos pasaban el tiempo discutiendo temas relacionados con dibujo o música. Fueron tardes muy amenas, y si yo hubiera sido mayor de edad para entonces, probablemente hubiera tenido recuerdos aún más gratos de la escuela, ya que era el más joven en el curso, el menos capacitado para participar en esas conversaciones.

No había mayor rigurosidad por parte del cuerpo docente a la hora de aprobar a un estudiante al siguiente nivel; eran cursos informales. Probablemente muchos se lo tomaban en serio, pero yo no habría de considerar el bello oficio de la caricatura como una profesión definitiva. Para mi, la escuela era un lugar propicio para el loisir, para pasar el tiempo felizmente. También es cierto que había allí jóvenes de un gran talento y una notable vocación, cada uno con un lenguaje gráfico distinto y un estilo particular, inmensamente superiores a mi. El propósito de muchos era llegar al nivel final con el maestro Calarcá, un veterano de la caricatura en Colombia que dedicó su vida a ese precioso oficio y que durante buena parte de su vida ejerció la docencia en la misma materia. Años después lo volví a ver para un reportaje acerca de la escuela, y que veríamos ya editado en la muestra del magazín estudiantil. Durante la entrevista, Calarcá dibujó con sus prodigiosas manos el mejor retrato que de mi se haya hecho alguna vez. Para mi era un honor, naturalmente.

Mientras aprendíamos nociones básicas de fisionomía, figura humana o movimiento, prestábamos gran atención a la obra de los caricaturistas locales. Por razones obvias, en la escuela conocí los primeros ejemplares de la revista nacional ACME, que duró más de lo esperado. Aquel magazín seducía por su concepto gráfico, por su cuidadosa impresión en blanco y negro sobre un grueso papel amarillento y portada en cartón a full color, “debidamente plastificada”. La revista también incluía reviews escritos por Andrés Durán, director del programa radial El Expreso del Rock, acerca de bandas como Pantera, Alice In Chains o los Black Crowes, tan en boga por esos días.

Poco tiempo después, los dibujantes de ACME decidieron emanciparse para dar comienzo a una publicación semejante, pero con una diagramación mucho más audaz: T.N.T. ACME tuvo que sufrir así un bajón creativo y verse involucrada en una especie de competencia con la nueva publicación, rivalidad que por lo general se ponía de manifiesto a través de las respectivas editoriales, donde iban y venían toda clase de vainazos y críticas a la pureza misma de las ilustraciones. Muchos de esos volúmenes, si no es que todos, deben estar recogiendo polvo en algún lugar de mi closet. Hace mucho tiempo no las busco. Asimismo, conocí en la escuela la obra de los antioqueños de Zape Pelele, que también tuvieron su revista, una especie de tributo al feismo, a lo grotesco, pero con un acertado concepto humorístico, razón de su éxito. Los “peleles” con el tiempo llegarían a hacer muy buenas obras de animación. Todas esas obras hubieran resultado desconocidas para mi de no haber sido por la influencia que tuvo la escuela a lo largo de mi formación.

Gracias a esa entrañable academia también pude conocer de cerca la historia del cómic universal: la de los primeros bocetos del Yellow Kid en los diarios neoyorquinos de principios del siglo 20, o los de Mutt and Jeff, la obra de Milo Manara, el universo erótico de Guido Crepax, el inagotable panorama creativo de Moebius, la prodigiosa belleza de Eleuteri Serpieri,  la confrontacional pero también atractiva propuesta de Robert Crumb (el más polémico y talentoso autor de Comix, o cómic underground que haya conocido la américa bienpensante de los setenta), y demás dibujantes franceses, belgas, italianos, y americanos. Más adelante, y siempre bajo la influencia misma de la escuela, hice mi proyecto de grado con un documental relacionado con la actividad de la animación artística nacional, conociendo a gente tan representativa en nuestra historia artística y publicitaria como Nélson Ramírez, Carlos Santa, o Maria Paulina Ponce.

A pesar de no haber tenido nunca el talento suficiente para hacerme historietista, ni de haber continuado con los talleres finales de caricatura, las cosas que vendrían a posteriori en mi juventud tendrían, gracias a la escuela, una feliz coincidencia: el impulso por visitar de cuando en cuando los estantes del Hobby Center, ubicado entonces en el sector del Chicó, o el encuentro con las carátulas de Roger Dean en los discos de Yes, que despertarían mi fascinación por el rock progresivo. Creo que los dos primeros semestres básicos de diseño que tuve que ver en la universidad, antes de la profundización en materia audiovisual, me resultaron más sencillos gracias a los conceptos adquiridos en aquella academia. Esa institución que decoraba sus pasillos con cientos de historietas y dibujos hechos por maestros y alumnos por igual, generalmente de una asombrosa calidad, era un sitio encantador, idílico, casi. Un tributo mismo al humor y al arte. Con el tiempo, y por motivos que desconozco, la academia se trasladaría al sector de Los Héroes, donde hoy sigue teniendo su sede y dando lecciones, al parecer ya con una certificación técnica profesional en áreas relacionadas con la ilustración y el diseño. Esperamos que nunca dejen de ser concientes de su importancia en la formación artística capitalina y sigan siendo catapulta para nuevos talentos.

Iván Darío Torres G.

http://www.escueladecaricatura.com/

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