Falleció el periodista Roberto Posada García Peña, D’Artagnan

116 0

El reconocido periodista, analista y polémico columnista del periódico El Tiempo, pereció en Bogotá.

Roberto Posada García-Peña, conocido como D’Artagnan, era más que un polémico columnista, devoto de Alejandro Dumas, amante de la buena mesa y padre de tres hijos, sus amigos lo reconocieron sobre todo como un “gocetas”.

El periodista, que la semana anterior fue reconocido con el premio ‘Toda una vida al mérito periodístico’, otorgado por el Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB), murió en la Clínica El Country, al norte de Bogotá. Según se informó, su deceso obedeció a “una penosa enfermedad” que no se precisó.

Ahora bien, aunque no es claro si él murió a causa de esta razón, el propio D’artagnan confesó en una entrevista concedida a María Isabel Rueda, hace un año, que los médicos le habían descubierto un tumor cerebral que alcanzó a ser parcialmente combatido con tratamientos de quimioterapia.

Durante sus años como estudiante del Gimnasio Moderno de Bogotá, era más flaco que un fideo, “mientras todos pesábamos 35 kilos, él tan sólo llegaba a los 20”, recuerda su amigo y desde entonces confidente, Mauricio Acero. Sin embargo, su delgadez no le hacía justicia a su carnoso genio, a su brío imperante cuando de defender sus ideas se trataba. Tanto, que entre los pasillos, Roberto Posada García-Peña, D’Artagnan, además de ser reconocido por ser el hijo del entonces ministro de Educación, Jaime Posada, ostentaba esa clase de respeto que llevan consigo aquellos famosos por cazar buenas peleas.

Con tintes de viejo desde pequeño, quizá por ser asistente infaltable a las comidas que su abuelo, Roberto García-Peña, director por más de 40 años de El Tiempo, realizaba en su casa —un día con Eduardo Caballero Calderón, otro día con José Umaña Bernal o Abelardo Forero—, D’Artagnan apenas se graduaba del colegio cuando ya aparecía en las páginas editoriales del diario que, según él, se ajustaba más a su perfil político. “Después de que estudiamos y de recordarlo como director de El Aguilucho, me lo volví a encontrar en El Tiempo en una labor abominable, que consistía en escribir una columna sobre Millonarios, que bautizó El hincha azul”, comenta Daniel Samper Pizano, (acérrimo hincha de Santa Fe, por supuesto) y quien confiesa que D’Artagnan nunca fue muy sabiondo del tema del fútbol, “pero lo que sí fue desde joven fue un periodista que de mano de una escritura impecable palpitaba con el acontecer diario”.

Justamente, no fueron ni el balón ni los colores de su equipo los que lo llevaron a ser merecedor de más de seis premios nacionales de periodismo y lo que hizo que la semana anterior fuera reconocido con el premio Toda una vida al mérito periodístico del Círculo de Periodistas de Bogotá. Fue el tema político, su verdadero delirio, el que le forjaría un nombre y el que haría que el apodo que había adoptado de pequeño —después de ser devoto de Alejandro Dumas y de leer el libro de Los tres mosqueteros que le había regalado el abuelo— se volviera receptáculo de odios y amores. “Esa virulencia aparente que tiene en sus columnas cuando ataca algún tema de la realidad nacional, es sólo en las columnas. Es imposible imaginárselo sacando la espada y retando a todo el mundo mientras dice ‘aquí está D’Artagnan’ ”, comenta su amigo Mauricio Acero. Y la confesión debe ser cierta, toda vez que el ex presidente Belisario Betancur, ubicado en la esquina opuesta de la arena política, no sólo era su vecino, sino además su mejor cómplice literario. “Aunque éramos lejanos en ideas políticas, de aquella lejanía pasamos, por intervención de su esposa, Lorenza, y de la mía, Dalita, a una vecindad de aficiones literarias, no en ideología, por supuesto, aunque en ocasiones le he dicho a él que ni es tan tan hacia la izquierda, ni yo tan hacia la derecha”.

Sus amigos lo reconocieron como un analista, un periodista de interrogantes más que de respuestas, un lector ávido de prensa, y, con tragos, un declamador con la intuición necesaria para ser el primero en reconocer públicamente a Piedad Córdoba con un perfil presidenciable. También vieron en él hasta un hombre de familia que debía ocuparse de sus tres hijos y “a quien a veces se le ve perturbado por los asuntos logísticos del hogar”, como lo reveló el editor de Credencial y compañero de trabajo, Rafael Baena. Sin embargo, en lo que todos coincidieron fue en darle el apelativo de “gocetas”. “En el gremio es proverbial su temperamento gocetas, le gusta la buena mesa, pero nunca solo, tiene una admirable condición gregaria y está rodeado de muy buenos amigos, en eso, sin duda, también radica su éxito”, añade Baena.

Roberto Posada García-Peña además de escribir sus columnas polémicas y sagradas todos los domingos en El Tiempo y de ser el autor de libros como El arte de opinar (2000), también brilló por su libro de recetas, algunas propias, consignadas en el libro El fogón de D’Artagnan (2004) y por el programa de entrevistas con la excusa de la cocina transmitido en el Canal 7, aunque Daniel Samper no dude en ponerlo en evidencia diciendo que no sabe freir un huevo, “claro que sí sabría si quedó con la cocción ideal y suficientemente sabroso”. Por eso quizá ya no sea un fideo y quizá de tanta buena mesa haya logrado que por fin su contextura física haya sido la mejor evidencia de ese espíritu y ese carácter que ostentó.

Fuente: EL Espectador