La escritora Margarita Posada lanza su nuevo libro ‘Sin título (1977)’

236 0

Se llama Magdalena y es pintora. Tiene treinta y cinco años, una hija adolescente, un marido distante, una carrera a medias y una imagen de su infancia que le revela una verdad irrefutable sobre Antonio, su padre, quien ha perdido la elocuencia a causa del Alzhéimer.

Protagonista de Sin título (1977), la nueva novela de Margarita Posada, la artista no es consciente de que ella y su padre se repelen no porque sean opuestos sino porque son exactamente iguales, y en una lid constante por descifrarse el uno al otro, descubren que no hay como la familia para encarnar el más potente de los amores y el más tirano de los odios, pues a un padre y a una hija, todo se le exige y ningún perdón se le es otorgado.

Posada nos señala las múltiples caras de los dilemas familiares a través de una prosa fluida, real y en permanente tensión. Un retrato íntimo de las relaciones filiales narrado por tres voces perfectamente definidas: la de Magdalena, en la que cunde el resentimiento hacia su padre; la de Antonio, en la que sobresale la añoranza por la niña de sus ojos y la indignación por el trato que ahora le da su hija; y la de Juan Fernando, el hermano mayor de Magdalena, que narra en tiempo real la cotidianidad de su familia cuando era un niño.

A propósito de la publicación de ésta, su segunda novela, la autora respondió la siguiente entrevista:

¿Por qué decidió que su protagonista fuera pintora?

Quería burlarme de esos mundillos del arte y tratar de mostrarlos mucho más terrenales de lo que parecen. Quería también hablar del proceso de creación desde un punto de vista natural, que no sacara al lector de la historia y plantear la relación que existe entre la creación artística (sea cual sea) y los eventos más cotidianos de la vida.

¿Qué la inspiró a escribir esta novela?

Lo que siempre inspira a los escritores, supongo. Una necesidad de catarsis, una maldita manía de querer reinventar la realidad a nuestro acomodo y, sobre todo, la necesidad primordial de operarnos a nosotros mismos como si fuéramos médicos. Creo que la literatura es la manera más indicada de extirpar esos tumores que se van haciendo con el tiempo en el alma. A pesar de que la historia siempre termina siendo ficción, la materia prima siempre proviene de las propias vísceras. Lo único sincero que podría decir a este respecto es que la escribí, como dice la dedicatoria, pensando en mi papá, a pesar de que la historia de los personajes sea otra muy distinta (y muy parecida, a la vez). Creo que todas las relaciones de una mujer, no sólo con los hombres, sino con el mundo en general, están determinadas por su relación con el padre. Es tremendamente freudiano, pero así lo creo.

La novela tiene lugar entre los setentas y hoy. ¿Pretende dar cuenta de una época?

Intenté que todos los detalles de la época estuvieran ahí como eso: detalles para hacerla verosímil. Sin embargo, pretendí todo el tiempo hacer una historia atemporal, una historia que pudiera suceder en cualquier época, en cualquier lugar. Creo que tanto el tono como el argumento son tan intimistas, que la historia se puede dar en el seno de cualquier familia.

La novela también habla de la sexualidad, tanto desde el punto de vista femenino, como masculino. ¿Qué diferencias radicales encuentra entre escribir sobre sexo para una revista (como lo hacía en SoHo) y escribir de sexo en literatura?

La diferencia es toda, por cuanto el sexo en la novela no admite esos clichés o fantasías de los que sí puede estar hecha una columna de sexo. Hay momentos de la narración muy voyeristas y creo que haberlas narrado desde la percepción de un niño les dio un tinte muy sincero y revistió lo que podría ser casi pornográfico de un velo más humano, más íntimo.

¿Cómo fueron surgiendo las tres voces narradoras de Sin título (1977)? ¿Siempre imaginó su historia narrada por Magdalena, Antonio y Juan Fernando desde sus respectivas perspectivas?

Cuando empecé a contar la historia, sólo tenía una voz. A medida que escribía quise hacer algo de justicia y contar la historia desde dos perspectivas (la del padre y la hija) para que fuera más humana, más real, para que los personajes se complementaran y además se contradijeran, como sucede en la realidad. Entonces me di cuenta de que esas dos voces necesitaban de un tercero que viera las cosas desde fuera. La voz de Juan Fer, el hermano de Magdalena, fue la que realmente me dio posibilidades de ir contando un secreto poco a poco. Hizo las veces de un narrador en una ópera: contó eso que los personajes centrales no podían poner en palabras por estar tremendamente vinculados a los hechos emocionalmente. El niño, en cambio, podía ver todo desde la inocencia y contarlo así, sin más. Creo que sin esa voz habría tenido que botar lo que había escrito a la caneca.

¿Cuál es su relación con los personajes de la obra? ¿Están basados en vivencias personales concretas? ¿Qué tanto hay de Margarita Posada en Magdalena Durán?

Magdalena Durán es un personaje con móviles realmente diferentes en su vida. Se parece en la medida en que, aunque desde la pintura y no desde la literatura, busca hacer arte. Pero sin duda es una mujer con muchas más vivencias que yo, casada, con una hija, con un amante, con un ex esposo, con un padre enfermo. En mi vida aún no hay tantas variables y creo que lo que más me costó fue hablar desde el punto de vista de una madre, porque aún no logro aprehender del todo ese concepto.

Suele decirse que de las peores crisis salen las mejores obras. Pero pareciera que, en el caso de Magdalena, el conflicto con su padre la paraliza artísticamente. Como creadora de este personaje, ¿lo siente así?

Creo que la historia de Magdalena con su padre no es una crisis, es una constante en su vida. La crisis proviene más bien de no querer “operarse el tumor”. Los artistas pueden echar mano de mil recursos, pero hasta que no se escarban ellos mismos, no creo que exista la posibilidad de hacer arte.

En un punto de la novela, Antonio dice: “¿Dónde estás, mi Magdalenita?, me pregunté ese día que usted empezó a apoderarse de ti. Ya no quisiste cantar más canciones conmigo. ¿Fue tan grave lo que hice?” Para Magdalena, es evidente que lo que su padre hizo fue muy grave. ¿Qué opina la autora de la reacción que tomó la protagonista ante su padre?

Las reacciones de los seres humanos no pueden juzgarse nunca porque son eso: reacciones. Todos tenemos siempre justificaciones de uno u otro modo. Tanto el padre de Magdalena como ella misma. Sobre todo si miramos las cosas que nos pasan de niños, cuando no somos dueños de un criterio formado para reaccionar. Lo extraño es que, por lo general, las reacciones llegan en momentos inesperados, a lo mejor ya grandes y hasta con canas. La novela ni siquiera tendría lugar a ser si se emitiera un juicio sobre las reacciones porque la novela es en sí misma la explicación de una relación bella, pero muy dura entre un padre y una hija.

Luego de leer la novela, el lector queda con la sensación de que a un padre y a un hijo, todo se le exige y ningún perdón le es concedido. ¿Cree usted lo mismo?

Tengo la idea de que en la única tarea en la que siempre nos vamos a equivocar los seres humanos es en la de ser papás. Así mismo, tengo la idea de que todo lo bueno y lo malo que somos es producto de haber tenido tales o cuales padres. Uno siempre va a encontrar “la suma de todas las cosas” si echa un vistazo en el carácter y en la manera de relacionarse de sus padres. Y los juzgará siempre desde una instancia en la que no parecieran seres humanos, sino más bien súper héroes o seres de otro mundo. Perdonar los errores de los papás es tal vez el acto más maduro de un ser humano (prácticamente nunca se da del todo, siempre les reprochamos algo). Los papás, en cambio, pueden exigirnos todo, pero siempre perdonan todo.

Dice Magdalena: “Su pelo blanco no me entristecía porque me hiciera pensar en un futuro en el que moriría, sino porque me recordaba un pasado en el que estuvo cerca de mí”. ¿Cree que los hijos son realmente conscientes de que sus padres son mortales antes de que estos mueran?

Independientemente de ser hijo o no, creo que los hombres somos conscientes de la mortalidad de una manera precaria, superficial e inmadura, sobre todo porque nos han hecho creer que ahí no acaba la historia, cuando es realmente muy factible que sí, que ahí termine todo y nos convirtamos en polvo y ya.

¿Cómo cree que reaccionaría Magdalena ante la muerte de Antonio?

Es paradójico, porque lo que el personaje busca a través de toda la historia es saldar cuentas con su padre antes de morir, pero en la novela ve uno que a veces hay cuentas que son insaldables, y que todo eso de aprovechar a los papás en vida y esas historias, son pura patraña.

¿Qué podría sanar de raíz el resentimiento de Magdalena hacia su padre? ¿Hay algo que haría posible que ella volviera a ser “la misma niñita que se moría de amor por su papá”?

Aunque nadie puede volver a ser algo que ya fue, la búsqueda de mi personaje tiene mucho que ver con utilizar ese rencor. El arte existe precisamente para hacer catarsis, para recobrar emociones pasadas, para traerlas de vuelta y utilizarlas de alguna manera que nos haga sentir más cerca de los demás. El arte es la única manera de compartir la miseria y la alegría humana.

¿Cuáles son sus influencias literarias?

Creo que todos los días cambian y que además son cinematográficas también. Lo que leí mientras escribía esta novela llegó a mis manos por casualidad o, mejor, sin que lo buscara. Pero creo que para encontrar el tono que quería me sirvió muchísimo leer a Arudhati Roy (que imaginaba siempre como una Isabel Allende, y la verdad es que me dejó sin palabras), a Amos Oz y ese librito de Amelie Nothomb de La metafísica de los tubos, lo mismo que el majestuoso Último encuentro de Sandor Marai. Y luego para reírme un rato también, Terapia, de David Lodge. Cinematográficamente me influenció mucho una película sobre la vida de Iris Murdoch que vi hace ya varios años, pero curiosamente hasta ahora me doy cuenta. Uno va reciclando y digiriendo todo lo que ve. Supongo que jamás me libraré de Magnolia, de Paul Thomas Anderson, ni de las historias de Guillermo Arriaga.

¿Qué le gustaría que le preguntaran sobre su obra?

No mucho.

Margarita Posada tiene treinta años. Estudió Periodismo en la Universidad de la Sabana. Antes de graduarse comenzó a trabajar en una revista de la Casa Editorial El Tiempo. Fue asesora de la secretaría privada de la Presidencia de la República. En 2005 publicó su primera novela De esta agua no beberé, año en el que fue invitada a presentarla en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Trabajó en la revista SoHo por más de tres años como editora internacional y de especiales, y como columnista de sexo bajo el seudónimo de “Conchita”. Luego fue a matar la gana de escribir a París. A los tres meses desmitificó la Ciudad Luz y regresó a Colombia. Ha hecho televisión y radio. Condujo varios programas sobre literatura para Señal Colombia. Ha sido profesora de Arte y Opinión Pública en la Universidad del Rosario, y dirigió VIA (Ventana Internacional de las Artes), en el Festival Iberoamericano de Teatro 2008. Actualmente escribe para varios medios como periodista independiente.

Fuente: Alfaguara

Opiniones

opiniones y comentarios

Otros links relacionados

Comments are closed.