Mario Vargas Llosa una charla desde New York

En diciembre recibirá el Nobel de Literatura, y este martes su novela ‘El sueño del celta’.

No ha terminado de recibir felicitaciones por el Nobel. En su correo quedan aún centenares de mensajes por leer. “Patricia está que se vuelve loca con tantos correos. Habría que formar una cooperativa de amigos para que me ayuden a leerlos”, dice Mario Vargas Llosa, quien nos recibe en su apartamento en Manhattan, a unas cuadras de Columbus Circle, en el lado sur del Central Park.

La sorpresa por el modo inesperado en que se le otorgó el premio sigue a flor de piel, y el agobio: “Estoy ya sin voz después de dar tantas entrevistas. Ha caído todo al tiempo, porque es un período de clases en la Universidad de Princeton y está mi última novela. Ahora viene la paliza de España con la salida del libro. Después vendrá la paliza de Estocolmo y ahí ya supongo que comienzan a calmarse las aguas”, dice con alivio.

Pero lo esencial de su estado de ánimo es la complacencia por el logro que significa el premio y por las manifestaciones de cariño: “Algunas son de amigos a los que no veo hace siglos, que no sabía dónde estaban. Compañeros de colegio de La Salle, en Bolivia; del Leoncio Prado, del colegio San Miguel de Piura donde terminé… Y son conmovedoras las felicitaciones de gente anónima, que se ha alegrado con el premio y manda cartas o e-mails muy cariñosos”, nos cuenta.

Le espera un programa apretado en Estocolmo, en la semana previa a la entrega del Nobel, el 10 de diciembre. Lo acepta con la esperanza de que, después, pueda volver a su rutina de escritor. Del representante de la Academia Sueca recibió una carta: “Me dice que hace ya tiempo que yo figuraba entre los candidatos. Una frase general, pero afirmando que no ha sido algo súbito, que había sido considerado en el pasado”, lo contrario a la sensación que ha tenido el mundo, y el propio Vargas Llosa, que sigue hablando de la sorpresa del premio.

Sobre las razones para merecer el Nobel, está de acuerdo con la única declaración de motivos que conoce: “La única razón que he visto es esa frase: “la cartografía del poder, la defensa del individuo” -dice- Supongo que es cierto; en mis libros hay eso también. Es una buena síntesis”.
Pero, con seriedad dice que para él es un misterio. “Es una especie de secreto tan bien guardado -dice- y estoy seguro de que tampoco voy a averiguar nada en Estocolmo”.

Detrás de ese discurso, en la seguridad del escritor, calificado por tantos como una de las conciencias de nuestro tiempo, se adivina que cierta modestia le impide plantearse que han sido las apuestas correctas y el compromiso con una manera de entender la literatura (también) como ejercicio cívico lo que ha motivado este merecido Nobel. Es algo que con seguridad se aclarará en el discurso que dé en Estocolmo, que no ha tenido tiempo de preparar.

Ahora, ¿cómo ve el haber recibido el Nobel?
Ha sido una gran sorpresa. Es una cosa que se suele decir de una manera convencional, pero te aseguro que en mi caso no es nada convencional.

Y más allá de la sorpresa…

Hombre, pues, muy grato. Es un reconocimiento importante y además una gran promoción para los libros. Ha sido muy conmovedor. Sobre todo la cosa en el Perú me ha tocado mucho porque -como me decía Nélida Piñón- al final lo que ocurre en tu tierra es lo que te afecta más, o para bien o para mal. Incluso sabiendo eso, me ha sorprendido la repercusión mediática.
La repercusión tiene que ver con la figura pública y política que es. Con el hecho de que es un Nobel a un escritor de habla hispana, que hace tiempo que se esperaba que lo ganara.

Bueno, no se le daba a un hispanohablante desde el premio a Octavio Paz en 1990. Y como he estado metido en política, aunque de eso ya hace muchos años, eso sale inmediatamente a flote. No sé, la verdad, no me atrevo a darte una opinión sobre eso.

Me refiero a que es un escritor de ideas políticas claras.

Opino que eso forma parte del trabajo de un escritor. No creo que un escritor pueda exonerarse de algo que es responsabilidad de todos los ciudadanos. Si quieres que en tu país haya democracia, lo menos que se te puede pedir es que participes, que no le vuelvas la espalda a lo que pasa, que opines. Como hay unos canales por donde se expresan las críticas, donde hay una oposición que es respetada, muchos escritores se desinteresan de la política, y eso no les impide hacer buena literatura. Pero, te diría que en un continente como el latinoamericano es hasta una inmoralidad que un escritor diga: “Yo no; a mí la política no me interesa”. Si tú no participas, no tienes derecho a protestar. Es lo que practico haciendo periodismo.

En sus novelas eso también está presente…

Tampoco me gusta la idea del escritor completamente separado de lo que pasa en la calle. Es un tema controvertido. Soy consciente de que es peligrosísimo acercar mucho la literatura a la política, porque la literatura se puede convertir en propaganda, en un instrumento para difundir ideas políticas, y eso mata la literatura. Esta debe tener una perspectiva más larga, más ancha que la de la actualidad.

¿Dónde está la línea divisoria?

No hay línea divisoria. Hay novelas políticas extraordinarias a las que no se las puede acusar de no ser literarias. Una de las novelas políticas más impresionantes que he leído es La marcha Radetzky, de Joseph Brodsky, austriaco, sobre el fin del Imperio austro-húngaro. Él escribió pensando en una actualidad y, sin embargo, la novela trasciende esa actualidad y vale para cualquier país. Es un caso interesantísimo. No hay muchos, pero hay algunos.

Bueno, y sus novelas…

Y mis novelas también, claro. Pero creo que en las novelas más políticas que he escrito, he hecho lo posible para que no tengan que ser cotejadas con la realidad histórica para ser entendidas con libertad.

La novela debe tratar de abarcar algo más permanente que la actualidad política.

Para salvar la novela de la política, ¿hay que darle esa perspectiva totalizante?

Exactamente. Tiene que estar la política enlazada con otros tipos de actividades, con la vida social y con la del individuo, de las que la política es una parte, a veces importante, pero no del todo. En muchas de mis novelas, como en Conversación en La Catedral, he querido, más bien, mostrar cómo cierto tipo de política, como la de un régimen dictatorial, se infiltra en las vidas de las personas y las invade, las deteriora, las corrompe y puede destruirlas. Es la tragedia de América Latina. Las dictaduras han convertido a

América Latina en un continente atrasado, que ha estado perdiendo oportunidades.

¿Cómo ve al Perú ahora?

Con cierto optimismo. El Perú está viviendo una muy buena época. No quiere decir que no haya problemas. Ya llevamos 10 años de Gobiernos democráticos, de una institucionalidad democrática que está funcionando, de un desarrollo económico elevado. Todo indica que debería mantenerse y crecer, si no cometemos la insensatez de salirnos de ese cuadro: democracia política, economía de mercado, apertura al mundo; eso ha traído buenos resultados.

Según esto ¿cómo ve las próximas elecciones en el Perú?

Hay unos consensos en el Perú, que no van a permitir una marcha atrás. Tengo esa impresión. Por eso, hay que ser optimistas, sin caer en ninguna forma de complacencia, porque ya hemos visto las sorpresas que podemos llevarnos. La complacencia es peligrosa, siempre.

‘El sueño del Celta’, a la venta mañana

Vargas Llosa lanzará ‘El sueño del celta’ mañana en España. El Nobel entró en el mundo de su novela casi sin darse cuenta. Supo de su protagonista, Roger Casement, por una biografía de Joseph Conrad, autor de ‘El corazón de las tinieblas’, novela que cuenta las atrocidades de la expansión colonial en el Congo, en el siglo XIX.
Fuente: Eltiempo.com

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