Premio Cervantes 2010 para Ana María Matute, escritora española

El fallo de este premio fue hecho público por la ministra de Cultura de España, Ángeles González-Sinde tras la reunión que mantuvo el jurado, que tuvo que celebrar seis votaciones para en la última aprobar el nombre de Matute por mayoría.

Ana María Matute Ausejo (Barcelona, 1925) ha sido una de las eternas candidatas para este prestigioso galardón. Premio Nacional de las Letras y académica de la Lengua, está dama de las letras es considerada como una de las prosistas con mayor capacidad de fabulación.

La dama de la fábula, la niña de 85 años tocada por las hadas y escondida en un cuerpo de mujer con cabellos blancos se ha llevado por fin, el Cervantes, el único premio de las letras en castellano que le quedaba por recibir y para el que ha sido candidata y finalista durante años.

Esta maga del bosque, como a ella le gusta calificarse, es creadora de un mundo narrativo propio, lleno de unicornios, trasgos, duendes, cuartos cerrados, y paraísos inhabitados, con los que siempre ha intentado buscar su lugar en el mundo.

La Edad Media, la infancia, la injusticia social, los marginados, la incomunicación, la guerra y la posguerra, y la otra orilla, porque ella siempre se ha situado “al margen”, son los temas que han centrado la gran obra de esta mujer, que nació en Barcelona, en 1925.

Y que a los 17 años escribió su primera novela, “Pequeño teatro”, una obra que para publicarla necesitaba el permiso de su padre y así lo pudo hacer ocho años más tarde.

Libre, moderna, rebelde, Ana María Matute siempre ha dicho que la palabra era “lo más hermoso que se había creado” y que su sitio, su lugar, era “el bosque” y ese fue el tema, precisamente, que escogió para su discurso de entrada en la Real Academia de la Lengua española en 1998 para ocupar el sillón “K”: “En el bosque”, que así era el título. “El bosque es para mí, el mundo de la imaginación, de la fantasía, del ensueño, pero también de la propia literatura, y, a fin de cuentas, de la palabra”, dijo.

La narradora es autora de títulos imprescindibles como “Torre vigía”, “Olvidado Rey Gudú”, “Aranmanoth”, “Los soldados lloran de noche”, Premio Fastenrath de la Real Academia Española; “Los Abel”, “Fiesta al Noroeste”, premio Café Gijón; “Pequeño teatro”, premio Planeta; “Los hijos muertos”, premio de la Crítica, en 1958, y Premio Nacional de Literatura en 1959 o “Primera memoria”, premio Nadal en 1959, entre otros.

También tiene una inabarcable obra para jóvenes y niños, con cuentos como “Los niños tontos”, “El país de la pizarra”, “La oveja negra”, “El verdadero final de la bella durmiente”, o “La puerta de la luna”, el volumen que abrocha todos sus cuentos y que acaba de salir este mes.

Muchos de ellos están dedicados a su hijo Juan Pablo. Y como creadora de cuentos para niños, posee también el Premio Nacional de Literatura Infantil de España por “Sólo un pie descalza”, “la Matute”, como así le gusta que la llamen, se ha manifestado muy en contra de la idea de lo políticamente correcto en los cuentos que se escriben ahora.

“Lo políticamente correcto lo fastidia todo. Ahora no le puedes leer a un niño un clásico, que son fabulosos, porque hoy hay que decirles amén a todo y al final la caperucita se hace amiga del lobo. Y esto no es así, porque en la vida te vas a encontrar lobos tremendos…”, decía en una entrevista con el Efe el pasado año.

Además, para la autora la infancia, como para Rilke, “es todo y nos marca a todos de una manera tremenda”. “A veces la infancia es más larga que la vida”, escribe en “Paraíso inhabitado”.

Poseedora de una larga nómina de premios, también pertenece a la Hispanic Society of America y la Universidad de Boston tiene una biblioteca con un fondo llamado “Ana María Matute collection”.

El mundo narrativo de Ana María Matute ha navegado entre los hermanos Grimm, Andersen, Perrault, Proust, Rilke, Chejov, Faulkner o Poe. Cervantina, y ahora premio Cervantes, la mirada, dulce y amable de esta escritora también ha pasado por toda clase de vicisitudes.

Hija de una familia burguesa, de padre catalán y madre castellana, vio cómo la guerra civil también afectó de fondo su vida familiar, caracterizada por grandes ausencias.

Después, en 1952, se casó con el escritor Eugenio de Goicoechea, “el malo” y en 1963 se separó, pero como consecuencia de las leyes de la España de aquella época, le quitaron la custodia de su hijo y no pudo verlo durante años.

Hechos, cicatrices, de una autora, que ha viajado por todo el mundo, que ha cruzado casi un siglo y que ha visto “casi todo”, y cuya principal característica es la de ser un persona buena, siempre preocupada por el ser humano. “El mundo está tan desquiciado hoy como cuando tenía 14 años. Las formas cambian, pero no el egoísmo y la intolerancia. Todo eso es igual que cuando empecé a vivir”, dijo el pasado 10 de noviembre en el Instituto Cervantes.

Fuente: vive.in

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