Rubén Blades abrió el “Hay Festival” en Cartagena

Recibido con aplausos, al final de la charla con Roberto Pombo, director de EL TIEMPO, cantó ‘Adán García’ y la gente coreó con él.

“Somos testigos, protagonistas y nuestra función como artistas es narrar una historia común”, dice Rubén Blades, con una sencillez y gracia que no se le quitará en ninguna de sus afirmaciones. Que sus discos “son como la leche, tienen fecha de expiración, pues los temas vienen y van, son parte de la realidad y ayudan a sentirnos menos solos y a adquirir experiencia”.

Paradójicamente, y a su pesar, sus canciones trascendieron el tiempo y hoy, generaciones después, se siguen coreando al ritmo de los años. Así lo hizo el auditorio del Teatro Adolfo Mejía, concentrado en sus palabras afectuosas.

Vestido de jean negro y un saco a rayas gris y negro, el bigote afeitado pero marcado en su cara sonriente, Blades entretuvo al público, que le celebraba sus frases de canción, como “Yo fui pobre dos veces, fui pobre en inglés y en español”. Cuenta su vida, así como quien no quiere la cosa, recordando sus primeros años, esos difíciles cuando el empleo no se veía por ningún lado. La música fue la que lo sacó adelante… a pesar de que fue la materia que reprobó en el colegio, junto con educación artística y matemáticas.

Desde niño escribía cuentos, historias que se iban volviendo versos, versos que se iban sumando y terminaban en canciones.
Pero, claro, la cosa no debía ser por ahí… así no se sale de la pobreza, no con la música. Y se inscribió en la Facultad de Derecho y Ciencia Política de la Universidad de Panamá. Pero como al destino no se le puede huir, el propio decano lo puso contra la pared al enterarse, por buena fuente, de que su alumno tocaba en los bares los fines de semana.

-¿Usted va a ser abogado o músico? -le preguntó.

-Abogado -dijo Blades.

-Debería ser músico: le daría buen nombre a la Facultad -le insistió el decano-. Caso cerrado.

Todo esto lo contaba Blades ayer, en la apertura del Hay Festival, animado por las preguntas del director de EL TIEMPO, Roberto Pombo, y por el público que aplaudía sus respuestas. Antes de decidirse, el panameño trabajó y estudió con detalle una colonia penal: “Me interesaba el porqué de la conducta criminal”. De ahí saldrían, más tarde, varias canciones, como Pedro Navaja, o El Cazanguero. Se “recibió” como abogado por ventanilla. Tomó su cartón, se lo metió al bolsillo y a los ocho días viajó a Estados Unidos con su familia. Sin trabajo ni papeles, la cosa no fue fácil.

Pero lo intentó: una llamada a La Fania, a ver si podía cantarles alguito. Lo único que obtuvo fue un puesto llevándoles el correo por 125 dólares a la semana. Fue suficiente para conquistar a las estrellas y empezar así su carrera. Tenía 26 años. Era 1974.

La prueba fue cuando Willie Colón encontró interesante la letra de El Cazanguero, que Blades le había escrito a Héctor Lavoe. Los había conocido a ambos en Panamá años atrás (“¡la energía y la voz de Héctor y la garra de Willie es una cosa….!”, dice emocionado y no le salen las palabras, solo los gestos de enormidad).

Esa canción había sido sujeto de su tesis, y describía la situación desastrosa de los presos. A Ray Barreto no lo convencía del todo, pues él tenía un proyecto más panamericano en la cabeza. Esa idea de “que la música sirviera como instrumento de crítica social no era común. La música no debía causar problemas en la radio”.
Pero Colón sí creyó que tenía cabida. Se abría así un capítulo en su vida.

Aunque el propio Willie lo descubrió, también fue quien lo hizo distanciarse. La visibilidad que empezó a adquirir Blades no le era cómoda. Con un año de preaviso anunció su partida. Su última vez juntos fue en un festival en Berlín. La política ya no saldría de sus letras. Ni de su vida.

No le cuesta admitirlo: “Cometí muchos errores cuando intenté crear un movimiento político. No entendía que esto requería atención total, 365 días al año”. Se da lapo, se acusa de irresponsable, pues no se puede traicionar la credibilidad del elector que le dio su confianza. Y, sin embargo, no deja de usar su porte, el escenario, para dictar cátedra. “El argumento sigue siendo necesario, lo que estamos haciendo en política en los países es recrear paradigmas del siglo XIX que no funcionan”. Critica la falta de norte de los políticos, su incapacidad para hacer una evaluación de hacia dónde vamos.

¿Vemos, entonces, que no ha archivado la idea de hacer política…?, pregunta Pombo. Silencio. El cargo público le mostró el otro lado de la moneda. Pese a cantar en los pueblos y llevar alegría -lo sigue haciendo-, haber logrado salir de la pobreza en dos ocasiones (en Panamá y en Estados Unidos), las canciones, confiesa, no le permitirán arreglar lo imposible. No tienen cómo ayudar a un enfermo. “Esto no se va a arreglar con cancioncitas. Haití no se va a arreglar con cancioncitas”.

Dice que está mirando qué estudiar. “Sociología, había pensado, tiene argumento social y es espiritual. El futuro depende del espíritu”. Pero tiene matemáticas, algo que no está dispuesto a estudiar de nuevo. Habrá que buscar otro lado donde hallar el espíritu… Será la música. La música en Praga. “Recomiendo esta ciudad en verano”. Lo dice por uno de sus últimos trabajos, un disco de tangos con la Filarmónica de esa ciudad.

Estoy haciendo 15 discos al año. Sé que suena absurdo -dice Blades.

-Lo es -dice Pombo.

-No, si se hace con tiempo.

También vienen discos en portugués, boleros con Paco de Lucía. Y uno se pregunta cómo lo hace. Él mismo no lo sabe muy bien. “No tengo la menor idea de cómo pasan estas cosas. No tengo mánager, ni publicista, ni tarjetas”. Pero todo sale.

Como anoche, justamente, que le confirmaron que trabajaría junto con Denzel Washington en Safe House, dirigida por Dean Wright (efectos especiales de El señor de los anillos) y que debe irse a Sudáfrica a filmar. Acaba de terminar el rodaje de Cristíada, con un elenco de lujo, con Andy García, Peter O’Toole y Catalina Sandino (“Es una excelente actriz”, y el aplauso patrio no se hizo esperar).
Allí, encarna al ex presidente mexicano Plutarco Elías Calles.

Lo disfruta. Suena Pedro Navaja en el teatro. La gente se emociona. Y verlo allí, con su sombrero, caminando con calma por el escenario, revela esa calma que no tienen sus canciones, cargadas de chispas que todo lo incendian. Pombo hace su jugada final: que toque. No se hace de rogar. Coge la guitarra y termina con Adán García. La gente lo sigue. Fue un día más para él compartiendo su amoroso carácter sin ínfulas de estrella. No para los que lo vieron.
Fuente: Eltiempo.com

Opiniones / Comentarios

Otros links relacionados