Un colombiano podría ser el hombre más viejo del mundo, con 127 años

89 0

José del Rosario Serrano Arencas habría nacido el 5 de marzo de 1881 en El Carmen (Norte de Santander). Sería mayor que el japonés Tomoji Tanabe, de 112 años, quien figura en los Guinness Records.

Su historia no se conocería si hubiera acatado el consejo de dejar de fumar tabaco, por lo que tuvo que ser atendido en el Centro de Atención CARI, en Barranquilla.

Su cédula no es la original, pero fue la que tuvieron que expedirle en la Registraduría para que el Sisbén lo aceptara.

El original, cuenta su hija Luz Marina, era un papel grande, como una hoja, que nunca le fue devuelto. “Los datos aparecían claritos, pero la Registraduría no tenía cómo confirmarlos, y expidieron la nueva como único recurso para ayudarlo”, dijo.

El miércoles le dieron de alta, luego de una crisis respiratoria que le comenzó hace un mes.

Era su segunda visita al hospital porque, primero, fue llevado por complicaciones asociadas a su cansado corazón. Dos semanas después se recuperó, y fue devuelto a su casa, en el barrio Carrizal, en el sur de la ciudad.

Hubiese continuado en el anonimato de no ser porque se fumó un tabaco. Como se estaba ahogando, tocó llevarlo, otra vez, de emergencia el 28 de julio, y hasta el miércoles permaneció en el séptimo piso del CARI por sospecha de neumonía.

Unas placas en el tórax descartaron la infección y se concluyó que sus ahogos se debían a una suma entre su vicio y una insuficiencia cardíaca congestiva, es decir, débil bombeo de sangre que se traduce en acumulación de líquido en los pulmones.

A él, mientras tanto, no parecía importarle el asunto porque se sentía fuerte, lo incómodo era que debía permanecer mucho tiempo acostado y le salió una llaga en la espalda.

“Por eso recomendamos que lo levantaran de vez en cuando y lo pusieran a caminar”, dijo Oscarmín Muñoz, jefe de Hospitalización del CARI.

Mientras estuvo en el hospital, se convirtió una celebridad.

A las enfermeras les jugó bromas pesadas, y no esquivaba pregunta. Más bien las respondía con lucidez y coherencia. “Estar con Dios y no pensar en lo malo”, contestó cuando le preguntaron, por primera vez, a qué atribuía su longevidad.

“Esa es un tremenda respuesta”, resaltó el médico Muñoz.

Don José del Rosario sonríe -evita las carcajadas porque le dan tos- al recordar cuando se ganaba un peso diario como obrero en la construcción de vías; y los más antiguos tiempos todavía, cuando trabajaba en fincas del Norte de Santander.

La descendencia de José

La mayor parte de su vida se desarrolló en El Carmen y Ocaña. En esa zona están repartida casi toda su descendencia, iniciada por sus 24 hijos.

“Ya los mayores murieron todos, y sólo quedamos pendiente de él nosotros cuatro”, aseguró Luz Marina.

Los otros tres a que se refería ella son Ana, Cecilia y José del Carmen, que hacen parte del último paquete de seis hijos que José del Rosario tuvo con Epifania Contreras, muerta hace 20 años.

Los 18 hijos anteriores fueron con Susana Navarro, su primera mujer.

“Algunos ya se han muerto, y de los otros no sabemos nada”, agregó Luz Marina al precisar que ella y sus tres hermanos se trajeron a su papá y su mamá al emigrar, hace 30 años, en busca de nuevos espacios para los negocios particulares.

José del Carmen, de 57 años, el último de la camada, bromea frente al hecho de que él nació cuando José del Rosario tenía 70 años.

“Pero estaba bien duro el hombre”, dice, y resalta, como atributos de su padre, que era capaz de cargar un bulto de comestibles por 12 horas de un pueblo a otro y venderlo. “Era un trabajo para buey”, apuntó.

Don José del Rosario, que escuchaba a su hijo, intervino de vez en cuando para añadir algunas precisiones. “Yo cargaba leña y palos, vivía en cuatro solares y trabajaba la yuca, la auyama, el ajo y la batata”, dice con voz gangosa y pausada.

Y dio otras pistas para descifrar su prolongada vida. “Permanecer en el monte para evitar las vagabunderías de la ciudad, no hablar con borrachos. Para beber, mejor hacerlo en solitario con ron fermentado a base de panela, y en el recipiente, meter una herradura caliente”.

Hasta el miércoles, lo único que lo mantenía en la Clínica era la falta de un cilindro de oxígeno, que al final su hija logró conseguir.

Ahora, deberá seguir en tratamiento para compensar su insuficiencia cardíaca y cuidar sus vías respiratorias para no recaer.

El oxígeno sólo será necesario si le da un ataque de tos o si se está ahogando.

También deberá consumir un suplemento vitamínico para que recupere su fortaleza. Por ahora, acepta pan, leche y comida suave, pero está desesperado, cuenta su hija, por seguir valiéndose por sí mismo.

Es que quiere, en últimas, estar tranquilo, alejado de la bulla, otra de las razones que, según él, le han permitido vivir mucho tiempo.

Fuente: eltiempo.com

Opiniones

opiniones y comentarios

Otros links relacionados