Un modesto tributo a la memoria de Saúl Álvarez

Publicado en at 19/05/2009
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Foto: Archivo El tiempo
Foto: Archivo El tiempo

El nombre de Saúl Álvarez es sinónimo de cultura entre todo un circuito de melómanos bogotanos. Los preciosos almanaques de su almacén Musiteca con los que nos obsequiaba cada fin de año llevaban por eslogan una oración que rezaba: “Unidos por la música desde 1980”. No se trataba de una frase de cajón; en su establecimiento realmente se percibía una pasión evidente por la música. Tuvo un modesto comienzo como comerciante en una caseta del centro capitalino, sobre la calle 19, pero tiempo después llegaría a acreditar la que se convirtiera en la tienda predilecta de todo un sector de entusiastas de la música americana, hoy ubicada en la misma avenida, pero a la altura de la calle octava. Era un apasionado del arte musical y gozaba compartiendo su afición con estudiantes, periodistas, escritores y dramaturgos reconocidos, personajes de la vida pública y coleccionistas en general. A todos nosotros, inadvertidos o notorios, Saúl nos recibía con igual dedicación y bondad. Siempre se esmeró por suministrarnos la mejor música, y si no le quedaba disponible el título más caprichoso que se nos llegara a ocurrir, lo conseguía oportunamente. Era un ser confiable, espléndido, un grato conversador. La primera vez que estuve en su tienda fue a mediados de los 90, buscando algún disco de Tool, Nine Inch Nails o alguna de esas bandas industriales o alternativas del momento, aunque todavía no me distinguía con su amistad. Cualquier box set o título peculiar del género progresivo que no era recurrente en los estantes de los almacenes populares, se podía adquirir en Musiteca. Sólo con Saúl estaban disponibles los títulos de Premiata Forneria Marconi, los de Wishbone Ash, o las especialidades del sello Magna Carta, no solo porque en otras tiendas fuera imposible conseguirlos, sino porque nunca se nos hubiera ocurrido ir a buscarlos a otro lugar que no fuera Musiteca. Juro que un recorrido sabatino al centro sin visitar a Saúl era absolutamente impensable.

Saúl Álvarez, además de ser un impetuoso seguidor de los estilos más selectos, era un verdadero profesional en lo que hacía. Siempre tuvo la perspicacia y el buen criterio para abastecer apropiadamente su almacén y hacer felices a todos sus clientes y amigos. Era una eminencia en materia de rock progresivo y adoraba a muchos representantes de esa corriente, como a los Genesis de la era de Peter Gabriel (alguna vez me confesó su predilección por el álbum Selling England by The Pound) o a King Crimson, a quienes siempre mencionaba entre sus favoritos. De hecho, hace algunos meses tuvo Saúl la posibilidad de verles en concierto en los Estados Unidos en compañía de otros amigos suyos, y ya de regreso en Bogotá hubo un momento en el que me contagió su entusiasmo mientras narraba lo que para él no dejaba de ser una experiencia alucinante: el hecho de haber visto por primera vez en vivo a genios del talento de Robert Fripp, Tony Levin y Pat Mastelotto. Siempre había un ánimo especial en él mientras relataba sus experiencias viendo en directo a gente como Bob Dylan, Perry Farrell o a Doro Pesch en otros grandes escenarios internacionales.

Saúl tenía el mejor trabajo del mundo. Él realmente amaba su oficio, y lo hacía feliz el poder proveer a sus incondicionales compradores. Para mi era un visionario que tenía en la música, no solo una noble labor, sino también un apéndice de sí mismo. Además del rock tradicional, disfrutaba con artistas como Radiohead, Massive Attack y otros vanguardistas; entendía de jazz y soul, amaba a los Rolling Stones, a quienes vió en tres ocasiones en concierto (creo que el record colombiano en materia de conciertos de los Stones aún lo conserva Sandro Romero, pero desde luego que la de Saúl es una cifra respetable). Tuvo oportunidad de asistir a la primera versión del festival Rock in Rio en Brasil y ver importantes actos en vivo que para muchos de nosotros hubieran resultado inimaginables. Recorría con frecuencia el mundo, no solo por compromisos comerciales, sino también para luego entretenernos con sus anécdotas. En su presencia pude oír por vez primera discos fascinantes como Moroccan Roll de Brand X o Funhouse de los Stooges. Era un hombre dotado de un gusto impecable y de un criterio acertadísimo. Entendía que un disco, más que una selección de cortes musicales, era además toda una obra artística, desde su concepción, diseño y presentación, y que ninguna fría e insípida descarga de internet podría reemplazar nunca un álbum original. No sabemos si las nuevas generaciones, víctimas de la despersonalización a la que a veces nos somete la industria tecnológica, puedan llegar comprender tal consigna, pero desde luego que Saúl entendía porqué la vida se nos hace más placentera si tenemos en las manos una edición de lujo del Bitches Brew de Miles Davis o una con diversos artistas de rock artístico italiano. Hay que tener una enorme sensibilidad para digerir tales ideas y, desde luego, Saúl poseía una emotividad especial a la hora de presentarnos todos esos productos que nos traía de importación. Esa misma minuciosidad le caracterizaba a la hora de confeccionar sus calendarios, esas preciosas bolsas de papel en las que llevábamos a casa tantos tesoros, los afiches que nos entregaba con cierta periodicidad, en fin. Quizá sin saberlo, Saúl posicionó a Musiteca logrando además una de las propuestas más atractivas en diseño de servicio que hubiésemos visto entre todas las discotiendas locales.

Cierta vez, durante uno de sus frecuentes viajes me trajo por encargo una guitarra eléctrica modelo SG, de edición conmemorativa, y tiempo atrás un amplificador Marshall de 30 watts que ocasionalmente utilizo en casa. Y a eso sumémosle algunos buenos libros biográficos, accesorios, videos, estupendos box sets de los Fleetwood Mac de los tiempos de Peter Green, la caja de colección de los Doobie Brothers, ediciones bellísimas de artistas como Bruce Springsteen y otros ejemplares que por largo tiempo estuve esperando, y que gracias a él pude finalmente adquirir. Creo que cuando me interesé seriamente por el blues y el rock, fue en Musiteca donde conseguí algunos discos esenciales de artistas de la comuna de Detroit como los MC5 o Ted Nugent. Pero yo no echo de menos al comerciante, sino a ese hombre que con su habitual don de gentes estaba siempre dispuesto a conversar con sus fieles compradores acerca del tema que fuere, y a oírles de manera respetuosa y atenta. No se borrará de mi memoria ese precioso recuerdo de una semana de verano en Buenos Aires, cuando junto a Saúl y otros amigos tuvimos oportunidad de ver por primera vez en vivo a los Rolling Stones. Recorrimos con él esa ensoñadora ciudad en medio del ambiente de felicidad irrepetible que se vivía allí por el acontecimiento. Junto a otro amigo del alma cenamos con Saúl en lugares como Puerto Madero o La Recoleta, y pasamos buenos momentos. Nunca dejaré de agradecerle a la vida el haberme permitido conocer a Saúl Álvarez, alguien que siempre nos atendía con su intensa humanidad, así uno no le comprara nada, claro está que eso rara vez ocurría, porque nadie hubiera resistido la tentación de salir sin algo novedoso de la Musiteca.

Ya no me acuerdo acerca de qué hablamos por última vez, pocos días atrás. A mi no me faltaban motivos para llamarlo frecuentemente a su tienda y joderle la vida por un ratico. Su respuesta era, como de costumbre, que me esperaba en el almacén para hablar del tema. Del tema que fuere. Lo que sí tengo claro es que los últimos compactos que me vendió, el Cultosarus Erectus de Blue Öyster Cult y el Infinity de Journey, van a ser oídos en mi casa bajo una enorme nostalgia. Toda una comunidad de melómanos, hoy damnificados, que asitimos perseverantemente durante años a su tienda, queremos expresar a su hermano Sergio, a su hijo Diego y al resto de sus familiares y seres amados nuestras sinceras condolencias y el deseo de que puedan encontrar próximamente la fortaleza anímica para continuar con sus vidas pese a tan abrumadora pérdida. Asimismo, esperamos que hagan todo lo posible para que la razón social de Musiteca siga siendo un referente obligado en la vida cultural bogotana; tienen una gran responsabilidad. Seremos muchos quienes no podamos concebir la idea de la muerte de Saúl Álvarez. De repente me ha invadido el desasosiego mientras recordaba su imagen eterna de cada viernes, jugando en un parqués de fichas minúsculas con sus clientes y tomándose una cerveza con ellos al son de los más selectos discos. Qué Dios reciba y proteja bajo su cálido regazo a este hombre irreemplazable. Hasta siempre, Saúl.

Con enorme pesadumbre y melancolía.

Colaboración de Iván Darío Torres G.

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