Carlos Vives y su papel de ‘curar’ a Colombia con su música

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Hace dos semanas cayó la primera nevada de este invierno. En realidad, todavía no era invierno en el hemisferio norte, pero el estanque que queda cerca de mi casa ya estaba a medio congelar y la silueta espectral de los árboles desnudos empezaba a presagiar los meses por venir: esa cuesta empinada que parece que nunca se acaba y que uno sube tratando de no pensar mucho, contando sin querer las semanas que faltan hasta que llegue abril.

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Me acuerdo muy bien del primer invierno que pasé en Tokio y de las calles heladas de mi barrio por las noches, cuando los vendedores ambulantes pasaban en sus carritos blancos y lejos de confortarme me llenaban de melancolía con su canto taciturno. Pienso también en las largas noches tras el paso del huracán Sandy por esta zona, cuando no había luz ni calefacción y yo volvía de la estación del tren en total oscuridad, oyendo mis pasos en el asfalto del vecindario fantasmal.

Doy fe de que en noches como esas, y en muchos días de este exilio voluntario, me he refugiado contra el frío del desarraigo en la música de Carlos Vives. Sus versos han sido la luna que alumbra por la noche mis caminos. Sus rimas, remedio contra la nostalgia que apretuja el alma. A medida que los años se han convertido en décadas, las canciones entrañables del samario me han acompañado y alegrado, movido y conmovido. Son la herencia perpetua que les dejaré a mis hijas. La brújula que siempre apunta hacia la tierra del olvido.

En el último año, Carlos Vives ha recibido un homenaje tras otro. El premio a la Herencia Hispana que entrega la Casa Blanca, dos Grammy Latino, tres premios Shock, cinco nominaciones a Lo Nuestro de Univisión y una nominación al Grammy estadounidense, que se entrega el próximo mes. The Washington Post lo califica como megaestrella y la revista Billboard le encuentra paralelos con García Márquez por su estilo, que describe como un punto intermedio entre la euforia y las lágrimas.

Es verdad. Lo de Carlos Vives es prodigioso y aunque esos honores se los debe en buena parte a su último disco, es el conjunto de su obra lo que merece reconocimiento, porque francamente él ha hecho más que casi cualquier otro colombiano en el último medio siglo por integrar al país.

Carlos Vives ha tenido un papel fundamental en curar a Colombia del centralismo de los últimos doscientos años y ha creado un puente entre las varias naciones que somos uniéndonos -paradójicamente- a partir del hecho de que somos distintos.

El arte, como se sabe, es primordial para la creación de la identidad nacional y, gracias a su curiosidad por sacar a la luz lo que duró siglos guardado, este artista ha ayudado a los colombianos a abrazar una nueva identidad en la que todos caben.

Ciertamente es una Colombia distinta del país en que yo crecí, que solo se miraba el ombligo y estaba dividido en dos partes desiguales: la capital y todo lo demás.

El genio de Carlos Vives es haber creado la banda sonora para una nación en transición y me pregunto si al retratarnos como un pueblo diverso, alegre y solidario, que tiene buenas razones para soñar sin desfallecer, él no solo nos describe, sino que nos empuja a que realmente seamos así. Eso debería ser suficiente para declararlo patrimonio intangible de los colombianos.

Yo, en todo caso, le agradezco que me ayude a atravesar este invierno, porque entre su poesía y el pedazo de acordeón de Egidio Cuadrado tengo suficiente luz para alumbrar la casa y suficiente sol para espantar el frío.

Adriana La Rotta.

 

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