Hay momentos en la vida de todo rockero que son una especie de Meca. Eventos que en otras partes del mundo se dan por sentado cada cierto tiempo, pero que en el caso de quienes la vida nos puso en estas latitudes, resultan todo un acontecimiento, digno de noches de escaso sueño y rituales previos casi religiosos. Ozzy Osbourne ha hecho algunas tonterías ampliamente comentadas por la precaria prensa local, siempre interesada en los mitos y en llanas estupideces, dejando de lado por completo el legado musical y artístico de un hombre responsable en gran medida de delinear todo el rock n’ roll que conocemos.

Para el momento en que la primera formación de Black Sabbath se disolvió, mis padres todavía estaban tirándose piedritas en la quebrada, pero con certeza puedo decir que mi vida no sería la misma sin la música del cuarteto de Birmingham. Al día de hoy conservo aquel precario cassette grabado de la radio y que escuché día y noche en mis primeros años de adolescencia. La fascinación por los temibles riffs del gran Tony Iommi y las soberbias líneas de bajo de Geezer Butler jamás se esfumó, al contrario, paralelamente a todo el panorama que Sabbath abrió para mí, mi devoción por ellos crece constantemente.

Luego vinieron los discos en solitario, en un momento en que todos daban por enterrada su carrera tras ser despedido de Black Sabbath. Sabiamente instalado en Estados Unidos y con un olfato envidiable para elegir músicos competentes y a la postre legendarios, Ozzy facturó algunos de los mejores discos de heavy metal de los 80s y 90s, destacándose incluso entre quienes con ideas frescas hicieron crecer la semilla que Sabbath plantó años atrás.
Y allí estaba aquella voz. Ozzy nunca fue un cantante virtuoso. Al igual que Jagger u otros grandes su encanto no está en alcanzar notas imposibles; pero sus interpretaciones calan los huesos, su risa macabra atemoriza, sus lamentos en la primera canción de Black Sabbath me hicieron comprender ese viejo cuento del “temor a Dios”. La cita era imperdible: tener al “madman” a unos metros, escuchar en vivo las notas de la banda sonora de mi vida, y la de muchos que aprecian la música pesada.

De esos muchos, pocos se presentaron. Unas 8000 personas acudieron a ver uno de los acontecimientos musicales más apetecibles del mundo, en la noche del 16 de Abril de 2011. Razones de peso para faltar debe haber por montones. Desafortunadamente muchos creyeron que quien venía era el decrépito padre de la serie de Mtv ha hacer un show a base de frases inteligibles. Un sujeto que almuerza murciélagos y que a duras penas es capaz de articular alguna canción para satisfacer a algún nostálgico casual. Esa fue la clase de cubrimiento que mereció el concierto de Ozzy por parte de los más importantes medios del país: Muchos hablaron de sus excesos y sus mitos, otros de su comercial con Justin Bieber, ninguno de su legado o su nuevo disco. Un Pullitzer a la pena ajena merece la única entrevista que concedió Ozzy a un medio nacional, tristemente desperdiciada en trivialidades dignas de prensa rosa. Pero con todo, ocurrió lo que parecía tan lejano, el día llegó.

Faltando 15 minutos para las 8 de la noche la apocalíptica Oh Fortuna de Carl Orff rompió la espera de tantos años. La figura solitaria de Ozzy aparece sobre la tarima adornada únicamente por torres de amplificadores Marshall, dejando ver que su único argumento sería el poder de su música. “!Go Crazy!” ordena el vocalista y Bark at the Moon estalla con la banda emergiendo de la oscuridad, un clásico coreado con pasión por quienes veíamos a Ozzy como la materialización de un sueño. Todo, desde la intacta voz, hasta su manera de tomar el micrófono a dos manos, como aferrándose para no sucumbir ante su propio poder, alucinante.

Hora de material nuevo, y aunque siempre consideré a Let Me Hear You Scream como un sencillo flojo y pre-fabricado, bajo el influjo de su carisma resultó mucho mejor en vivo para el vocalista que empieza a lavarse obsesivamente. Su mirada es la de un demente, increpa al público para que suba el volumen, finge sordera y despacha la canción que dio inicio a su carrera solista: I Don’t Know del legendario Blizzard of Ozz de 1980, aquel disco que puso en el mapa no solo a Ozzy en sus intenciones de desmarcarse de Sabbath sino también al extraordinario talento del trágicamente desaparecido Randy Rhoads, una de las muchas dificultades que el legendario vocalista ha tenido que sortear. Manguera en mano refresca a las primeras filas, divirtiéndose al empapar a la concurrencia.

Del mismo álbum, el himno Mr. Crowley deja ver a una banda perfectamente engranada, compuesta por músicos de primer nivel. El bajista Rob “Blasko” Nicholson (ex – Prong y ex – Danzig) y el baterista Tommy Clufetos (Rob Zombie), soportan rítmicamente al super dotado Gus G, el joven guitarrista que demuestra que no le teme a ponerse los zapatos de grandes guitarristas que han desfilado por la banda de Ozzy como Zakk Wylde, Jake E. Lee o el mismo Rhoads. Por el lado de los teclados se reportó un apellido con historia: Adam Wakeman, hijo del célebre Rick, líder de Yes por muchos años y quien por cierto colaboró con algunos teclados para Iommi y compañía por los días de Sabbath Bloody Sabbath.
Cínicamente Ozzy pregunta si queremos escuchar algo de Black Sabbath. En adelante todo el material de la seminal banda interpretado por Ozzy vendría de Paranoid, uno de los mejores álbumes de rock jamás grabados. Fairies Wear Boots fue la primera en aparecer, producto de los problemas de Osbourne y Butler con los nazis, con las drogas o ambos en alguna medida (y a balanza inclinándose por la segunda) es un momento glorioso, en el que se antojaba morir de dicha allí mismo, con el perdón de los asistentes que no lo habrían encontrado agradable. Total, cuentan los que han visto el túnel que la vergüenza no existe al otro lado; pensé fugazmente, pero esto recién comenzaba y mejor que estar muerto, era sentirse más vivo que nunca.

La polémica Suicide Solution es la siguiente de la noche, la que en otros días fue la piedra en el zapato de los comités de censura y que Ozzy canta sonriente mientras la gente corea incansablemente su nombre. Responde con Road to Nowhere de No More Tears, y el baño continúa, así como la invitación a gritar con todo lo que el cuerpo y el alma permiten. Las pantallas ubicadas a los lados de la tarima dejan ver en detalle los movimientos de la banda en tarima. Con el sonido en perfectas condiciones, el “madman” anuncia la canción que se suponía daría nombre al segundo disco de Black Sabbath en 1970. War Pigs, un puntillazo más a los ideales hippies, oscura y provocadora. El sonido de esa clásica sirena inunda el Parque Simón Bolívar, y creo que bordeo peligrosamente el riesgo de perder la cordura de forma permanente. Gus G. ataca tal y como el gran Iommi lo haría, afilado y preciso, un momento fuera de serie con el público en éxtasis y el corazón en la garganta.

Ozzy agradece y declara corresponder por completo al cariño que el público le manifiesta. Shot in the Dark de su Ultimate Sin pone a la audiencia con los brazos arriba. Una preocupación razonable respecto a lo que podía ser el show de Ozzy en Bogotá pasaba por el tema de la altura. Los 2600 metros de la capital que hicieron estragos en el indestructible Lemmy Kilmister, bien podría haber arruinado todo, pero contrario a todo pronóstico Ozzy se mostró entero vocalmente y sin signos de fatiga notables. El paso anterior por Quito seguramente le permitió al frontman de 63 años aclimatarse para lo que se venía y dejarlo todo en Bogotá, en donde jamás paró de recorrer el escenario que le pareció quedarle chico al tamaño de su leyenda.
Un descanso vendría para Ozzy mientras su banda hizo los respectivos solos usando como excusa el instrumental de Paranoid, Rat Salad. Gus G exhibió toda su habilidad en un solo con el que sacó chispas a su mástil, y en el que hubo tiempo incluso para las notas de La Camisa Negra de Juanes, una curiosidad poco grata, dado que en otros países optó por canciones típicas como El Cóndor Pasa, pero que venía bien intencionada por el joven guitarrista. Tommy Clufetos azotó su batería de manera magistral e interactuó con el público que supo retribuir calurosamente su tremendo talento y entrega.

Acto seguido Clufetos toca su bombo y se ve venir del futuro al hombre de hierro. Aquel que apareció en el 70 mientras algunos todavía fantaseaban con el flower-power y a lo que Sabbath respondió componiendo sobre un ser mecánico que regresa a vengarse de la humanidad. Si eso no es trasgresor, no sé qué lo es. Iron Man hace que las rodillas tiemblen y el Parque también con uno de los riffs más geniales en la historia de la música, una canción que estuvo aquí antes de que naciéramos y quedará una vez nos hayamos ido. La voz de Ozzy, inconfundible y desdeñosa se muestra fiel a su leyenda.

Una más de principios de los 90: I Don’t Want to Change the World de No More Tears, cantada por un Ozzy que sonreía amplia y sinceramente, dedicada a todos los predicadores afanados en uniformar el pensamiento. El cantante anuncia que es la última oportunidad de volverse locos e interpretan Crazy Train, un alud de adrenalina ante una canción fantástica. Gus G. se agranda para ofrecer brillantemente el solo que Randy Rhoads inmortalizó en el 80. El público pide más mientras la banda desaparece por algunos minutos.

El príncipe de las tinieblas y su banda atienden el llamado y regresan a escena a tocar Mama I’m Coming Home, cuya emotividad llega a lo más hondo, provocando lágrimas de emoción y agradecimiento por un instante tan sublime. Osbourne dice “Me tomó mucho tiempo llegar hasta acá, pero juro que volveré”. El público revienta queriendo creer que todo se va a repetir, algún día. Cierran con Paranoid, la canción que incluyeron a última hora en la placa de 1970 y que se convirtió en una estación obligada tanto para Sabbath como para Ozzy. Vinieron las últimas palabras de agradecimiento, la venia y el final de un concierto fantástico de más de hora y media de duración.

Un momento que estará en el corazón de quienes asistimos para el resto de la vida. Uno de esos recuerdos a los cuales siempre podremos remitirnos y sonreír. Hoy puedo decir que todavía no he escrito un libro, tenido un hijo, ni plantado un árbol, pero vi a Ozzy Osbourne en vivo. Lo ví entregarse por completo, echarse al lomo la historia y cantar las canciones que cambiaron mi vida y las de muchos otros. Que de los chismes se encarguen los buitres de siempre. Vida eterna al rock, vida eterna a Ozzy!
Por Fabián Esteban Beltrán

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