Pasada la mitad del año pasado Iron Maiden anunció fechas para este lado del mundo, en el marco de un nuevo lanzamiento: The Final Frontier, un disco estupendo que un sector de sus seguidores no ha sabido comprender. La bestia volvía a tomarse el mundo, cielo y tierra, para mostrar su más reciente creación en una gira que prometía ser legendaria, como todo lo que ha rodeado a los ingleses desde su formación a finales de los 70s.

Aunque Bruce Dickinson lo prometió en la primera visita y cumplió al regresar un año después; renovada la promesa en 2009 la confirmación de la visita de Maiden a Colombia para 2011 se encontró de frente con la precariedad de nuestra escena. Un sector les acusaba de haber encontrado una mina de oro en los bolsillos de los metaleros colombianos (llenos de pelusas y alguna moneda ya fuera de circulación, como el de la mayoría de nosotros), otros sintieron que asistir a un concierto de Harris y compañía ya no valía la pena, “qué pereza verlos otra vez, nos tienen de parche”. No vamos a entrar a juzgar muchas otras razones de peso para no poder asistir, pero reducirlo a la antipatía por la frecuencia de sus visitas es sencillamente ridículo.

En Colombia pocos se dieron por enterados de que el negocio de la música ya no es el mismo, y encontrar a una banda como Iron Maiden, aferrados con terquedad y pasión a dinámicas de disco-gira mundial, es algo que merece el reconocimiento de los seguidores de la bestia, ganados a pulso, aun cuando bien habrían podido optar por retirarse a ver el barco hundirse desde su cómodo status de estrellas de rock. Maiden se arma de toda su historia y sus buenos oficios como compositores e intérpretes, para ir por la gloria, contra toda tendencia, contra toda adversidad.

Muchos otros atendieron el llamado. Aproximadamente 10000 personas presenciaron en la noche del 20 de Marzo el regreso de Iron Maiden, tercera vez en Colombia, primera vez con material nuevo luego de la gira Somewhere Back In Time en la que honraron 30 años de los más grandes clásicos del metal. Era hora de una dosis de nuevas canciones firmadas por el sexteto inglés.

La lluvia acompañó las horas previas al evento, convirtiendo al normalmente enlutado público en una humeante colcha multicolor. Hacia las 6:30 p.m. la agrupación capitalina Potestad, encargada de dar inicio al movimiento en tarima, recibió la aprobación de los asistentes que encontraron en su propuesta heavy/thrash metal un buen abrebocas de lo que se avecinaba. Para sorpresa de todos en esta oportunidad el telonero gozó de buen sonido y un tiempo decente para presentar su propuesta, en contraste con presentaciones pasadas de actos de apertura, convertidas en verdaderas pesadillas para banda y público por igual.

Las agujas del reloj marcaban minutos antes de las 8 de la noche cuando la clásica Doctor, Doctor de U.F.O. retumba en los parlantes, anuncio inequívoco de que la bestia se alistaba para saltar a escena. Dos pantallas gigantes, una a cada lado de la tarima, y una en la parte posterior, procuraban la mejor vista para la audiencia, exaltada por la constelación de luces que se encendían tras el escenario.

El intro Satellite 15, acompañado por siderales imágenes dio paso a The Final Frontier, y con ella las figuras de Steve Harris, Nicko McBrain, Adrian Smith, Dave Murray, Janick Gers y el hiperactivo vocalista Bruce Dickinson. El corte de apertura del nuevo disco anunciaba que el material reciente sería el protagonista de la noche, como debía ser. La gente coreaba en seguida El Dorado, emocionada por un show siempre entregado de cada uno de los integrantes de Iron Maiden. Hora para el primer clásico de la noche: Two Minutes to Midnight, del fantástico Powerslave de 1984 que encendió definitivamente el entusiasmo del empapado público. De vuelta a The Final Frontier: The Talisman y la emotiva Coming Home que deja ver a Dickinson en una forma envidiable, entero como vocalista y magnífico como intérprete.

Acto seguido, lo que habíamos ido a ver: más material reciente con Dance of Death, seguida por la infaltable The Trooper. Harris, pié sobre el retorno, apunta y dispara sus formidables notas directo al alma, en una imagen tan clásica como Halford sobre su motocicleta, algo siempre emocionante de ver, mientras un teatral Dickinson ondea la bandera británica de un lado al otro de la pasarela sobre la enorme batería de Nicko McBrain, siempre sonriente. Un nuevo clásico estalló con The Wicker Man, que en su momento representó el regreso del vocalista a las huestes de la bestia, una invitación a encender el universo en llamas, que parecía capitalizarse en la devoción de los asistentes que coreaban sin parar el nombre de la banda y cada riff que ofrecían.

Cuando por los mismos días de Brave New World, Adrian Smith regresaba también, Maiden tomó una nueva decisión acertada al conservar a Janick Gers en sus filas. La maestría de Gers en las seis cuerdas es ahora parte fundamental del show de la banda que despacha una sentida dedicatoria a sus fans de Japón (donde debían tocar un día antes del terremoto) y de Libia, uno de los pocos lugares que les falta pos visitar. Blood Brothers apela al sentimiento de comunidad del metal a nivel mundial, esa misma que Maiden ha ayudado a cimentar con los años, trasgrediendo fronteras de raza, culto, idioma y nacionalidad.

El tremendo material de The Final Frontier tiene su último episodio en el recital con When the Wild Wind Blows, y deja claro que Iron Maiden se enorgullece de su bagaje pero no está dispuesto a vivir de glorias pasadas, ni a hacer de su trabajo un refrito cómodo para complacer a nadie. The Evil that Men Do renueva la euforia con descrestantes solos cortesía de Murray, Smith y Gers, seguida por la inquietante y favorita del público Fear of the Dark. El suave interludio parece perdido ante la sonora respuesta de los fanáticos. La bestia contraataca con todo su poder: “Scream for me Bogotá!!!”, banda y fans se entregan el uno al otro. La canción que bautizó a la banda desde aquel primer demo en 1979 aparece junto a la descomunal figura del nuevo Eddie caminando amenazante por la tarima en un momento cumbre del show.

Un periodo de silencio y oscuridad se ven interrumpidas por la siniestra voz de aquel genial disco de 1982: “…For it is a human number..Its number is 666”. Luces rojas proporcionan un ambiente infernal para el súper clásico The Numbre of the Beast, las cuerdas de Harris amenazaban con reventarse mientras la banda corre por la tarima para que nadie pueda dudar que lo dejaron todo. Acto seguido interpretan Hallowed Be Thy Name del mismo álbum y cierran la presentación con Running Free del debut de 1980, mientras Dickinson presenta a los miembros de la banda que en cada presentación demuestra ser una de las más grandes de todos los tiempos.

Un show sin duda más austero en pirotecnia que los anteriores, dejó ver que la música de Iron Maiden funciona por si sola y que la banda tiene cuerda para rato. Su fórmula inmortal, ciega a tanta música nacida bajo su propia influencia, y a la caprichosa manera en que los gustos del público elevan nuevos dioses para luego condenarlos al olvido, ha encontrado en la integridad y talento de Steve Harris y su banda a los mejores guardianes e impulsores de un legado que no sólo les pertenece a ellos, sino que de igual manera corresponde a sus seguidores alrededor del mundo, fieles como pocos. Puede que sea esta la última oportunidad en que Iron Maiden se le mida a una gira tan extensa, y un disco nuevo demore mucho más de lo que nos gustaría. Es incluso más probable que dado el riesgo económico que implica la realización de un evento así, ningún empresario local quiera jugársela por una nueva visita de los ingleses a Colombia, pero una cosa es segura y es que Maiden sabe que no tiene que demostrar nada a nadie y que su relación con los fans no necesita intermediarios.

Ellos nos hicieron fans del metal y nosotros les otorgamos eternamente el título de reyes, eso no tiene cuantía en términos de taquilla ni medición posible desde lo económico. Serán bienvenidos siempre.

Por Fabián Esteban Beltrán.

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