Por: Fabián Esteban Beltrán.

Slayer en Bogotá 2011 – 14 de Junio 2011-06-18

Slayer regresó, como muchos lo han hecho ya en una copiosa agenda de conciertos; sin embargo desde que su vuelta a la capital colombiana fue noticia confirmada nada fue igual en las vidas de quienes ansiaban repetir el arrasador show que los de California ofrecieron en 2006, ni para aquellos que veían en esta la primera oportunidad de ponerse frente a la máxima prueba a la que un seguidor del metal se pueda someter: Ver a Slayer en concierto y salir ileso.

El Palacio de los Deportes de Bogotá recibió una vez más a cerca de 5000 almas que se aglutinaron desde tempranas horas para recibir a la banda, sedientos de una violencia sónica que Slayer siempre ha sabido saciar, sordos a las tendencias y sin dejarse tentar por el fulgor del oro que ya ha puesto a tantos de rodillas. Tal y como estaba previsto la encargada de iniciar las acciones en tarima hizo su aparición a las 7 de la noche. La agrupación bogotana Hybrid Minds ganó en franca lid la convocatoria, y aunque el camino por recorrer en presencia escénica es largo, la presentación arrancó algunos aplausos pese a los problemas de sonido que ya son una desafortunada costumbre para los actos de apertura.

Con las luces del recinto de nuevo encendidas, el imponente telón con el angular nombre de los amos del metal se levantaba ante la euforia de la concurrencia. A las 8 de la noche la oscuridad volvió a posarse sobre las miles de cabezas y al escenario saltaron Tom Araya, Dave Lombardo, Kerry King y en sustituto de Jeff Hanneman para la gira, el gran guitarrista Gary Holt, directo de las filas de los también legendarios Exodus. Ni imaginarlo mil veces, ni haberlo vivido antes, tampoco repasar juiciosamente su extensa discografía…nada prepara para un momento así. Slayer había regresado.

El primer ataque va directo a la yugular: World Painted Blood, lejos de ser una pincelada, es un brochazo colmado del rojo y vital fluido que salpica grosero al interior del efervescente recinto. Sin pausa, como sería la norma en adelante, Slayer interpreta una más de su más reciente placa, Hate Worldwide cuyo fin pone al público a corear el nombre de la banda, en señal de respeto. Araya sonríe orgulloso y contempla su obra. No se equivocó nunca cuando en su básico español pregunta “¿Están listos?” para sentenciar luego “creo que no!”, despachan War Ensemble y la despiadada Postmortem del súper clásico Reign in Blood de 1986. Sin tiempo para recuperarse, una sorpresa en el setlist: Temptation del gran Seasons in the Abyss.

Digno de una agrupación que nunca ha dejado de sacar discos en más de 25 años de existencia, Slayer dispone una tanda de letales composiciones que ya merecen el status de clásicos: Dittohead de Divine Intervention, una explosión de riffs a la que le bastan minuto y medio para descabezar a quien se atraviese y Stain of Mind extraída de su registro más resistido a la fecha, Diabolus in Musica. Acto seguido Disciple, del potente God Hates Us All, deja perfectamente claro que si alguien allí presente buscaba mensajes esperanzadores y benéficos para la juventud descarriada bien podía irse a casa a escuchar a Jose Luis Perales y Sonata Arctica.

Una sorpresa más del disco de 2001, Bloodline retumba cadente mientras la dupla King/Holt se muestra sólida y enorme como un muro imposible de flanquear. De vuelta al material de Seasons, en Dead Skin Mask, cantada a todo pulmón, y Hallowed Point Lombardo confirma su condición como uno de los mejores bateristas del globo. Sus golpes de precisión milimétrica han sido a lo largo de la historia el mejor detonante de los punzantes riffs de King y Hanneman, marginado de la gira por la picadura de una araña, pero que encontró en Gary Holt al más acertado sustituto, entregado, enérgico y con habilidades de sobra para hacer aullar su instrumento tal como el gran Jeff lo haría.

Sin anuncio previo como en la mayoría del set, aparece en escena una deuda de su primera visita: The Antichrist del seminal Show no Mercy de 1983, el álbum que dio nuevos estándares de pesadez a una floreciente escena thrash, a la vez que sembró la semilla para el black y el death metal que sin Slayer sencillamente no existirían. Así de grande, si es que fuera necesario reiterarlo, es este conjunto que se batía en tarima con una ferocidad que les pertenece y han legado a tantos después de ellos.

Una de las pocas y breves intervenciones de Tom Araya toma lugar, para anunciar dos canciones que giran en torno a la libertad, la palabreja favorita en su país de origen. De eso, de libertad y venganza versan Americon y Payback. El legendario vocalista se muestra agradecido pero no se desgasta en aprendidos discursos, y aunque 30 años de abusar de su cuello le han pasado la cuenta de cobro al no poder hacer headbangin’ por orden de su médico, lo compensa entregándose por completo a cantar como siempre lo hizo, sin mucha habilidad melódica pero una determinación y carácter sin igual.

El público enloquecido se arremolinaba en la platea y en las gradas la emoción no disminuía. Suena la infaltable Mandatory Suicide, seguida de la ametrallante Chemical Warfare, obligando a todos los afortunados presentes a apretar los dientes en un valiente intento por resistir la brutalidad con que Lombardo ataca su batería, mientras la atemorizante figura de King, cadenas al cinto y armado de su inseparable B.C. Rich se pasea como una fiera enjaulada, lista para destripar a su próxima víctima.

El único instante lejanamente parecido a una tregua vino con Seasons in the Abyss. El maligno riff flota en el Palacio, para luego desempolvar la contundente Ghost of War con Gary Holt llevando su trémolo hasta las últimas consecuencias. Snuff, de su poderoso álbum nuevo cierra la ronda y tras una pausa muy corta las notas del himno South of Heaven de 1988 perforan la tensa calma. Presintiendo el final la audiencia deja las reservas de energía a disposición de la banda que no duda en hacer uso de ellas cuando los tambores hacen el llamado a nubarrones cargados de sangre: Raining Blood suena inmisericorde y entrega invisibles guitarras a todos los que no luchaban por sus vidas en el pogo. Sublime.

Una más de las primeras composiciones de Slayer, la espléndida Black Magic sorprende gratamente al público enardecido, cuyo destino final sería la inmortal Angel of Death, un compilado de algunos de los mejores riff en la historia de la humanidad compactados en menos de cinco minutos de abuso eléctrico, con King y Holt uno al lado del otro despidiendo poder en cada acorde, en cada poro. Quedó la gratitud de la banda y el público que además compartía la sensación de haber asistido y sobrevivido al máximo ritual.

No hubo pantallas, ni juegos pirotécnicos. Tampoco dinámicas de interacción para calentar el ambiente, que desde los días previos ardía como el infierno. No hubo acrobáticos solos ni el show duró tres horas. Bien habrían podido prescindir también de las brillantes luces que se exhibieron aquella noche. Slayer pesa en sus seis letras el doble de lo que pesan muchos con sus aparatosos espectáculos, todo junto. Su único argumento es la música que definió al metal pesado de manera irreversible a la vez que le dio sonido a la existencia de quienes buscamos algo más allá de pre-masticados productos pseudo-artísticos, le dieron un norte a nuestra búsqueda. Si de integridad se trata, no hay nada que discutir: Slayer es la banda más grande del mundo y algunos estuvimos allí para atestiguarlo, para predicarlo y para iniciar de nuevo la espera para su regreso.

Anexo: Gastar líneas dentro de la reseña que debe ocuparse de lo verdaderamente importante no vale la pena, pero se hace necesario dejar claro de manera breve y vehemente que aquellos protagonistas de desórdenes jamás representan a un sector del metal o sus verdaderos seguidores. Son una vergüenza a la que hay que desterrar a toda costa. Si alguno lee esto, o tiene la mala fortuna de conocer a alguien que se ocupe de tan despreciables conductas bien pueda llevarle este mensaje: No sólo dios los odia, Slayer y nosotros también.

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