Cuando se es virtuoso, todos los sentidos se disponen en favor de esa virtud, de ese don con el que nacimos o que adquirimos con algún entrenamiento. Es decir, aunque el artista quiera ser simpático o virtuoso, su propia creación será su castigo o su regalo a la humanidad, léase reggaeton y otros “artistas” pop que hay en todas partes del mundo.

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Cuando aun era un joven en formación, hace ya 50 años, Anthony Hopkins se preocupaba por cultivar y llenar su mente de otra clase de información a la que estaba rondando por la cabeza de los jóvenes de su generación y encontró en la música su mejor inspiración, especialmente la música clásica.

Hopkins aprovechó su nombre para poder acercarse al director holandés y le envió un trabajo hecho por su propia mando y que llevar por título: ‘And the waltz goes on’. Hopkins, quien ha escrito música durante muchos años, dijo que la pieza fue hecha específicamente para el violinista holandés André Rieu luego de verlo tocar.

“He sido un gran admirador de André Rieu por muchos años. Es un gran músico. Mi esposa y yo tenemos el mismo sueño de conocerlo algún día, así que le mandé algo de música que había escrito yo”, explicó el actor ganador del Oscar por su papel en ‘El silencio de los inocentes’.

Rieu dijo que se sorprendió bastante cuando escuchó el nombre del compositor de la música, quien nunca la había escuchado siendo ejecutada.

Hopkins viajó a Vienna, para escuchar en persona, en los grandes salones de Vienna, la premiere mundial de su pieza a cargo de Rieu y quedó completamente sorprendido, afirmando que el resultado fue mucho más de lo que esperaba al entregar su obra al director.

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